Disciplina Positiva España
Educar con Cariño y Firmeza a la vez. Relaciones basadas en el respeto mutuo
PRIMERO CONEXIÓN Y LUEGO CORRECCIÓN…

Emociones, las culpables de que en ocasiones no seamos capaces de controlar nuestra conducta. Parece que todo sería mucho más sencillo de gestionar si estas no nos secuestraran en aquellos momentos en los que, ante un estímulo que nos desborda, perdemos la cabeza.

No obstante, la verdad es que gracias a las emociones hemos sido capaces de adaptarnos al medio como especie y superar los obstáculos evolutivos. PRIMERO CONEXIÓN Y LUEGO CORRECCIÓN…

correccion

Por lo tanto, tenemos que admitir que las emociones no son ni buenas ni malas, no están ahí para hacernos nuestro día a día un poco más difícil, sino para ayudarnos. Sí, aunque parezca mentira, así es. Somos humanos, o al menos eso parece, así que no podemos dejar de sentir, no podemos pretender no perder los nervios, no alterarnos en un momento determinado o no reaccionar ante algo que nos afecta. Sin embargo, sí podemos ser conscientes de cómo nos estamos sintiendo e intentar tener el valor de no actuar en aquellos momentos en los que nuestra corteza pre-frontal ha decidido ir a dar un paseo y nuestro sistema límbico toma el mando en nuestro cerebro.

Cada uno de nosotros tenemos que buscar estrategias que nos ayuden a volver a nuestro estado racional antes de actuar cuando tenemos un conflicto.PRIMERO CONEXIÓN Y LUEGO CORRECCIÓN…

Una de las reflexiones más citadas de Jane Nelsen, una de las madres de la Disciplina Positiva, resume a la perfección la idea que hay detrás de la auto-regulación emocional “¿De dónde sacamos la loca idea de que para que un niño se porte bien, primero debemos hacerlo sentir mal?” La mayoría de las veces, desde que somos niños, se nos castiga por nuestros errores, se nos hace sentir culpables y se pretende que, desde ahí, desde ese sentimiento de culpabilidad, de malestar y, muchas veces hasta de rabia, aprendamos la lección y, sobre todo, aprendamos a auto-controlar nuestras emociones.

Parece absurdo que para que hagamos las cosas bien, primero tengamos que sentirnos mal.

A día de hoy no he conocido a nadie que estando mal consigo mismo, sea capaz de llevar una vida feliz, sana y equilibrada. Quizás esto se debe a que para poder hacer las cosas bien, tenemos que sentirnos bien, plenos, tranquilos, seguros y en equilibrio. En otras palabras, debemos ser capaces de reconocer nuestra emoción, identificar qué intención positiva tiene esta y redirigir nuestro comportamiento hacia una alternativa más adecuada y amable.

Esto solo se consigue aprendiendo a gestionar nuestras emociones y, sobre todo, ayudando a nuestros niños desde que son pequeños a encontrar recursos que les permitan saber cómo se sienten, que les ayuden a tranquilizarse en los momentos de tensión y a hallar una opción que les permita expresar sus emociones y dar respuesta a sus necesidades de un modo respetuoso hacia sí mismo y hacia los demás.

En definitiva, si primero no conectamos con nosotros mismos o con el otro, no podremos corregir nuestro comportamiento o nuestra forma de reaccionar ante un estímulo que nos hace perder la paciencia.

Esta es la clave de la gestión emocional y de la educación emocional que podemos brindar a nuestros hijos, alumnos, primos o hermanos.

Sin CONEXIÓN, no puede haber corrección… o al menos aprendizaje.

Por esta razón es tan importante educar cuando estamos tranquilos y calmados y no precisamente cuando estamos alterados o dominados por el enfado. No es fácil, desde luego que no. Necesitamos mucha valentía para saber que en ese momento en el que la emoción nos secuestra no estamos conectados con nosotros mismos y mucho menos podremos conectar con los demás. No obstante, es la única forma efectiva de conseguir transmitir un mensaje de resolución y poder enseñar valores, habilidades y competencias útiles para la vida.

Tú eres el único que sabe qué te hace sentir bien, qué te hace volver a tu centro, así que ten a mano ese recurso, herramienta o espacio que te permita poder auto-regular tus emociones

¡Recuerda, solo desde ahí podrás hacer las cosas bien!PRIMERO CONEXIÓN Y LUEGO CORRECCIÓN

Marián Cobelas
www.mariancobelascoaching.com / https://www.facebook.com/mariancobelascoaching/

Los tesoros de la tristeza

Los tesoros de la tristeza

Los tesoros de la tristeza

A veces me siento triste. ¿Y tú?

¿Crees que estar triste es bueno? ¿Que es malo?

¿Qué piensas de la tristeza?

La tristeza es una emoción. Sí, no digo nada nuevo.

Pero si te digo que todas las emociones están bien, entonces… ¿sentir tristeza está bien? Pues sí, está bien; y puede que eso te rechine, porque no es lo que nos han enseñado.

Sentir tristeza está bien.

¿Te estoy sugiriendo con esto que te dejes arrastrar al pozo de la amargura? ¡Pues no!

Lo que te sugiero es que la aceptes, que no la rechaces, que no luches contra ella.

Sé que esto no es lo que solemos oír. Sé que cuando estás triste, como a casi todos, lo que te dicen es:

“¡Animo, no es para tanto!”; “Anda, no llores, que no me gusta verte llorar”; “Tampoco es para ponerse así”; “Para lo que te sirve llorar…”; “Venga, no pienses mas en ello”; “No quiero verte así de triste”.

Y frases por el estilo, todas ellas con un nexo común: negar la emoción, aplastarla y hacerte parecer inadecuado por sentirla. ¡Ojo!, todas con la mejor de las intenciones, esa intención que pretende que al no mirar la emoción ¡desaparecerá! como por arte de magia.

¡Craso error!

¿Pero entonces que te propongo?

Te propongo sacarle el jugo a tu tristeza, porque hay un gran tesoro tras ella, un tesoro de incalculable valor: el medio para recuperarte y reflexionar.

Cuando estamos tristes nuestra energía baja y se queda bajo mínimos. No nos apetece hacer nada y parece como si todo lo externo a nosotros perdiera brillo y pasase a un segundo (o tercer) plano. Estamos totalmente “encuevados” en nuestro interior.

Entonces podemos hacer varias cosas:

  • Negarlo y tratar de seguir como si nada. La consecuencia es una pérdida de brillo general en nuestra forma de mirar la vida.
  • Dejarnos arrastrar por ella alimentándola con pensamientos negativos.
  • Aceptarla y acogerla.

Habrás adivinado ya que las dos primeras, a pesar de que suelen ser las que escogemos… no son las más adecuadas. Aceptarla y acogerla es una forma de gestionar la tristeza emocionalmente inteligente.

 

¿Cómo aceptamos y acogemos a la tristeza?

  • Llámala por su nombre, dilo en voz alta o en tu mente, no importa: “Estoy triste”

  • Acéptalo entendiendo que todos la sentimos y que no es nada malo, no eres defectuoso por sentirte así: “Estoy triste y está bien”

  • Acógela escuchando su mensaje

    . La tristeza te pide que descanses, que dediques tiempo para estar contigo, para llorar tu pena (sea la que sea), para sanar tus heridas con compasión y amabilidad, para actuar contigo como lo haría un amigo de esos que valen oro (de los que escuchan sin juzgar y te ofrecen un abrazo)

 Llorar es bueno, llorar ayuda a digerir la tristeza y a descargar la pena.

  • Reflexiona sobre los cambios que necesitas

    para mejorar aquello que haya provocado tu tristeza, pero espera un poco a ponerlos en práctica. Sabrás que ha llegado el momento de hacerlo cuando la luz vuelva a salir a través de tu corazón, cuando hayas soltado esa pena, cuando sientas que la energía vuelve poco a poco.

 ¿Y si es el niño el que está triste?

  • Consuélale sin juzgarle.

  •  Escúchale con atención plena y comprensión, 
  • No trates de solucionárselo todo tú.
  •  Abrázale sin más.
  • A veces solo hace falta esto para reconfortar al otro.
  •  Ponte en su lugar, empatiza con él.
  • Es probable que tú también te sintieses así si estuvieses en su piel y situación. Házselo saber.
  •  Explícale qué es la tristeza, cuéntale cuáles son sus tesoros; ¡ahora ya los conoces!
  • Y puedes leerle el cuento de Dopi y el baúl de la tristeza 😉
  •  Ten la paciencia necesaria para dejar que sane su corazoncito herido, no le metas prisa.
  • Estate dispuesto para consolar, abrazar y escuchar, para ayudarle a buscar soluciones haciéndole preguntas que le lleven a sus propias conclusiones o ofreciéndole varias alternativas si no se le ocurre nada.

Ana Isabel Fraga

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Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

Muchos pasamos por esta fase en la que nos planteamos que ya ha llegado el momento de ayudar a nuestros hijos a que se deshagan del chupete.

A veces nos lo planteamos por la gran dependencia que algunos bebés tienen hacia este objeto, otras veces por que creemos que está resultando un obstáculo para el desarrollo del habla, y en otras ocasiones para evitar posibles problemas con la dentición.

Bueno, yo tengo mi particular visión sobre este asunto porque en casa tengo un niño que nunca quiso chupete pero que a los 6 meses comenzó a succionarse el dedo y a día de hoy sigue con ello cuando necesita relajarse y tengo otro niño que utilizó el chupete y que yo se lo quité un par de meses antes de que cumpliera tres años.

Me gustaría explicarte mi experiencia en los dos casos, puesto que sobre uno de ellos no tengo control (no puedo quitarle el dedo y no me parece respetuoso utilizar todo tipo de productos para  embadurnar su dedo y que tenga mal gusto) y sobre el otro sí lo tenía y lo utilicé.

Lo primero de todo me gustaría partir de la base de que el chupete es un elemento artificial, que el bebé coger por sí sólo así que cuando llegué el día en que queramos quitárselo debemos recordar que quién se lo dimos fuimos nosotros. El o ella no se fue a la farmacia a comprarse un chupete, fuimos nosotros quiénes le ofrecimos ese instrumento cómo método para relajarse y calmarse. Y no digo que esté mal, pero recordar que nosotros los metimos en esto nos resultará útil para no desesperarnos con el niño ni acusarle de estar enganchado al chupete.

Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

No juzgo el hecho de dárselo o no dárselo,

creo que no deberíamos dárselo por sistema nada más nacer cada vez que el bebé llora si no que podríamos observar y conocer primero a nuestro bebé un poquito, intentar calmarlo con calor corporal, con contacto físico, con el latido de nuestro corazón, y permitir que llore en nuestros brazos y con nuestro apoyo en lugar de precipitarnos a intentar “silenciar” el llanto.

Estoy convencida que si nos sentimos seguras de nosotras mismas, si los papás se sienten seguros de sí mismos, si confiamos todos en que somos los mejores padres del mundo para nuestros hijos, nuestros bebés se calmarían enseguida con tan sólo nuestro contacto y no necesitarían chupete. Pero lo más habitual es que estemos hechos un manojo de nervios esos primeros días y no logremos transmitir la calma necesaria a nuestro bebé, por eso, es muy humano que finalmente decidamos utilizar objetos de consuelo para nuestros peques.

Bueno, el caso es que yo les dí chupete por inercia a mis peques desde el primer día (aunque el mayor lo escupía). Así que pasados los años llegó el momento de ayudar a mi peque a desapegarse de ese objeto que tanto le gustaba, porque a pesar de saber que fui yo quién se lo doy, también sabía que tenía que ser yo quién le ayudase a abandonarlo. Así que esto fue lo que hice:

Comencé a hablar sobre dejar de utilizar el chupete unos cuantos meses antes de que finalmente lo dejara; no exagero si la primera vez que se lo expliqué fueron unos 3 o 4 meses antes…jejejejeje.

Cuando encontraba un buen momento le hablaba de que íbamos a dejar de utilizar el chupete, que habría un día que ya no lo utilizará, y que le diríamos adiós.

Entonces, pasado un mes y medio o así comencé a decirle con más frecuencia que iba a dejar el chupete y que necesitábamos encontrar la manera de hacerlo. Le pedía que me diera ideas, que me dijese qué quería hacer con el chupete. Él a veces estaba más por la labor y otras veces menos, y proponía cosas pero sin demasiado entusiasmo. Pasaron algunas semanas más manteniendo estas mini conversaciones, y entonces hubo un día que le propuse cambiar el chupete por algo que le gustase más, algo que si quería podíamos ir a comprar juntos. Primero estuvo mirando por casa entre sus peluches y juguetitos pero nada le convencía, así que al día siguiente nos fuimos a una tienda a mirar cosas (le recordé que íbamos por el chupete y volvimos a tener la conversación).

Y una vez allí él encontró su compañera ideal: “A Dora la exploradora” y quiso comprarla y volvimos a hablar sobre que dejaría el chupete.

Por la noche, al llegar la hora de dormir él estaba supercontento con su muñeca y entonces afrontamos de lleno el tema del chupete.

Él estaba completamente de acuerdo en no utilizar más el chupete y yo le pedí que me dijera que quería hacer con él. Con su lengua de trapo me dijo que quería hacerlo lo mismo que al chupete de su primito (su primito dormía con un chupete que ya no tenía tetina porque se había roto y su madre se la cortó porque no quería ningún otro chupete del mundo así que el pequeño dormía desde el año y medio con ese chupete sin tetina cogiéndolo con la mano). Así que mi hijo quería cortarle la tetina a su chupete y luego dormir con él en la mano.

¿Estás seguro? Le pregunté y le repetí lo que yo había entendido para que asegurarme de que era eso. Así que fui a por las tijeras y delante de él cogí el chupete, le pregunté si le cortaba la tetina, le pregunté si “por aquí” (con la tijera abierta y la tetina del chupete en medio) y el dijo “sí”. Y la corté. Me costó más a mi que a él. No las tenía todas conmigo pero sabía que una vez tomada una decisión lo mejor era afrontarla y no volver atrás, así que no tener el chupete en casa iba a ser lo mejor si por la noche el peque lloraba y yo tenía la tentación de devolverle el chupete. Así que juntos fuimos a la basura y tiramos la tetina, y dejamos el resto del chupete en su cama y nos preparamos para dormir.

Estaba muy contento, cogió su dora, cogió su chupete sin tetina y lo mantuvo en la mano, me dio las buenas noches y….hasta la mañana siguiente. Sin una lágrima, sin un despertar, sin un recuerdo de su chupete….lo cierto es que me quedé sorprendida aunque pensándolo fríamente, creo que llevaba tanto tiempo contándole que iba a dejar de utilizar el chupete ¡que ya lo tenía super asimilado! Jajajajaja.

Y así fue cómo afronté la retirada del chupete.

Con mucha paciencia, poniendo en sus manos la decisión final de qué hacer con el juguete, buscando alternativas hasta encontrar aquella que más le motivaba, sin olvidarme que era pequeño y que debía ayudar a su memoria a recordar nuestra conversación y planificándolo con mucho tiempo.  También he de decir que no le repetía el rollo todos los día ni siquiera todas las semanas, que esos 4 meses en que lo estuvimos trabajando se lo iba diciendo de vez en cuando sin presión y sin utilizar un tono acusador o burlón. Sólo las dos últimas semanas fueron las que más veces hablamos del tema y especialmente los últimos 3 días antes de la noche en que decidió dejarlo. Y yo no decidí que noche tenía que ser, esperé a encontrar el momento ideal y en que lo vi más receptivo para aprovechar la ocasión.

Y bueno, lo que después ocurrió fue que al cabo de unos días no se acordaba de coger el chupete para tenerlo en la mano y dormir con él, y que la muñeca dora y las ganas que tenía de dormir con ella le duró poco más de una semana porque enseguida quiso volver a coger su osito de peluche preferido.

Quería hablarte sobre cómo afronto el tema con el mayor, que succiona su dedo pulgar, pero me he alargado mucho en este artículo y si te parece vamos a dejarlo para el próximo día.

¿Me cuentas cual es tu experiencia con los chupetes? ¡Me encanta leer tus comentarios!

Nuria Ortega

http://www.educarparaelfuturo.com

¿Qué hacer si tu hijo se desborda emocionalmente?

Hace unas semanas te hablé de cómo llevar la calma a tu día a día, te mostré algunas pautas para que fueras consciente de cómo observar, parar y respirar, antes de responder a tus hijos y hoy mi propuesta es dar un paso más, mostrarte cómo aprender a gestionar las emociones de tus pequeños.

Insisto en que el primer paso está en nosotras, si tu hijo está invadido por la ira, rabia, tristeza, frustración… y tú vas como una mona el cómo termine la escena es fácil de imaginar, todos revueltos y con un final desagradable para todas las partes, ellos se sentirán mal y no aprenderán nada acerca de esa emoción  y tú al dejarte llevar sin más, puede que luego te sientas culpable por haber reaccionado de una manera poco equilibrada.

Mi primera invitación es que te quites la culpa de encima, somos humanas.

En más de una ocasión no lo harás como te hubiera gustado, pero para eso están los errores, para tomar consciencia y aprender a hacerlo de otra manera, además de la oportunidad de mostrarle a tu hijo que tú, al igual que él, también te equivocas y pides disculpas.

Decirte que,  aun tomando consciencia,  habrá días y días, pero si vas incorporando estos hábitos llegará un momento en el que los sigas de manera automática y cuando tu hijo esté ante una emoción desbordada sabrás encauzar ese momento con firmeza, amabilidad y respeto.

Voy al tema en cuestión: ¿Qué hacer en el momento cumbre de la emoción?

¿Qué hacer si tu hijo se desborda emocionalmente?

¿Qué hacer si tu hijo se desborda emocionalmente?

Después de haber parado tú, observarte a ti, a la situación, respirar profundo y repetirte  una y otra vez mentalmente: “Es solo un niño y esta situación pasará”, mis sugerencias son:

  • Conecta con tu hijo, ponte de rodillas por debajo de sus ojos, mantén una posición calmada, receptiva y, si se deja, tócale, acaríciale, dale un fuerte abrazo.

Es posible que no te deje abrazarle, en ese caso, deja que suelte toda la tensión y pasado un rato vuelve a intentarlo.

  • Valida su emoción diciéndole: “Comprendo cómo te sientes”.

Aunque no te guste el comportamiento de ese momento, acepta sus sentimientos. Hay un motivo, aunque tú no lo entiendas, por lo que se ha desbordado emocionalmente.

  • Reconoce e identifica su emoción: “ Te veo muy enfadado ( triste o lo que sea )“.
Deja las etiquetas de lado y no te dejes contagiar por su emoción.
  • Habla menos y Escucha más, no le sermonees, déjale que te cuente lo sucedido,  si es que te dice algo al respecto y busca las emociones que te está comunicando e intenta entenderle.

Mi entrenadora me decía ante la duda cállate, un buen consejo que hoy también os brindo ;).

  • Aborda la conducta diciéndole: “Pegar, morder, duele”, “Gritar aquí así molesta”, “Tienes mucha fuerza y así haces daño”.

Se trata de describir la consecuencia de su comportamiento, sin entrar a juzgarlo.

  • Propón alternativas: “Si necesitas morder puedes hacerlo en este mordedor” (en la etapa oral necesitan soltar su tensión en la boca y es muy frecuente que utilicen la boca para expresar sus emociones). Puedes decirle: “Esto no me gusta, trátame bien”, “los brazos y las manos también sirven para dar abrazos y caricias, mira prueba”.

Cuando son más mayores, a partir de los tres años, puedes preguntarle: “¿Puedes decírmelo de otra forma?”.  A veces  no saben transmitir lo que sienten y lo hacen pegando, gritando, mordiendo, si no te contestan prueba a ponerle tú palabras para así mostrarle que hay otras maneras. “Puedes decírmelo con un tono más bajito”, “prueba a decírmelo tratándome bien”, “¿puede que quieras ese juguete que te han quitado?”…

  • Establece normas y límites claros: “Nosotros no permitirnos hacernos daño” “Nosotros nos respetamos y nos tratamos bien. Estas normas también son para los adultos, ojo!.

Si sigue gritando, mordiendo, pegando, te puedes alejar  y quedándote en la misma habitación decirle: “cuando estés preparado para tratarme bien avísame” y cuando te avise te acercas, le abrazas y cambias de tercio.

  • Cambia de actividad, utilizar el humor o empezar con un juego le ayudará a salir de la emoción y volver a sentirse conectado contigo.
  • Crea una zona de Tiempo Fuera Positivo junto con tu hijo (herramienta de Disciplina Positiva) :

Decorad un espacio de la casa con cosas que puedan ayudar a calmaros, tu pequeño puede participar eligiendo qué juguetes quiere que estén en ese espacio, dile que tienen que ser aquellos que le transmitan calma. Pueden ser peluches suaves, cojines, cuentos, pelotas blanditas, papeles para romper o tirar a una papelera.

Cuando ya tengáis decorada esa zona cuéntale a tu hijo que, a partir de ese momento, cuando necesite sentirse mejor, tendrá la posibilidad de ir libremente a ese lugar de la casa. Es una opción, no una obligación(nada que ver con el rincón de pensar o el: “vete a tu cuarto castigado”) siempre se le pregunta si quiere ir y puede ir sólo o contigo, acompañarle al principio es una buena opción para que se sienta respaldado por ti.

Es importante que esa zona de  tiempo fuera positivo pueda ser para los adultos también, es fundamental ser ejemplo para nuestros niños y mostrarles que cuando nosotros estamos desbordados emocionalmente también usamos ese u otro espacio, para calmarnos.

Una vez pasado el temporal y ambos estéis tranquilos y receptivos puedes trabajar con él qué cosas podéis hacer para buscar soluciones.

Como todo aprendizaje requiere entrenamiento así que paciencia y constancia.

Te animo a que lo interiorices, lo pruebes y vayas convirtiendo estas pautas en tus nuevos hábitos y me cuentes qué cambios se dan en tu hogar.

Patricia Coach

Asesoramiento en la Maternidad

Sobre peces y cañas de pescar

Sobre peces y cañas de pescar: del consejo a la orientación educativa.

¡Ya no sé que hacer! Lo he probado todo y no hay forma…este niño está imposible…con él nada funciona…¿qué puedo hacer?…

Todos hemos oído (y pronunciado, la verdad sea dicha) estas o similares palabras y sentido esa misma desesperación ante las dificultades de la crianza y de la educación de niños y adolescentes. Las cosas se ponen complicadas y hasta el más experto de los profesionales de la educación ha de reconocer que para nada es un trabajo fácil ni sencillo. Como dijo Adele Faber, experta autora de libros educativos de gran éxito…”yo era una madre perfecta…hasta que tuve hijos”. Sobre peces y cañas de pescar: del consejo a la orientación educativa.

¿Le quito el fútbol si suspende? ¿qué hago si me miente?

¿cómo consigo que estudie?…

Buscamos saber qué hacer, buscamos soluciones y que suceda aquello que con tanta urgencia deseamos: que el niño haga lo que le pedimos y que deje de hacer lo que le prohibimos. Aquello que sabemos que es lo que le conviene a pesar de que él no esté de acuerdo en absoluto.

Orientar y dar consejos no es lo mismo.

Hay una sutil pero importante diferencia: orientar es indicar por dónde puede uno encontrar las respuestas, el consejo se suele entender más directamente como la solución en sí misma, la respuesta a esas preguntas. No es lo mismo ofrecer peces que enseñar a pescar.

Si las soluciones estuvieran en los libros o en la sabiduría de los expertos, los problemas educativos hace tiempo que se habrían extinguido como les pasó a los dinosaurios. Pero no existen las fórmulas mágicas, ni pautas que aplicadas sencillamente funcionen siempre y en todos los casos.

Las pautas ayudan, orientan, pero tienen que venir acompañadas, o mejor dicho tienen que venir desde las actitudes correctas.

Es decir, de nada sirve “hablar al niño con tono amable y tranquilo” si el adulto no está realmente sereno.

Fingir que estamos en armonía con el universo mientras nuestro hijo ha estado sacándonos de quicio toda la tarde de todas las formas que ha podido y en realidad estamos nerviosos y desesperados, no es nada que merezca la pena hacer porque no va a funcionar. El niño y cualquier persona capta mucho más allá de nuestras palabras, percibe nuestro estado emocional a través de pequeños detalles y micro-gestos, de matices en el tono de voz, en la mirada…en realidad no sabemos muy bien cómo, pero no sirve de mucho fingir porque a nadie logramos engañar especialmente si es nuestro hijo.

Entender la situación e interpretarla en otros términos de manera que no me tomo las cosas como algo personal ni me exijo más de lo que en ese momento puedo dar y puedo sentirme razonablemente bien conmigo misma, así puedo disponer de mi capacidad de pensar, y de tomar decisiones. Este sí es un punto interesante que probablemente me ayudará. Esta actitud adoptada por el adulto es la correcta, porque nos facilita el camino hacia las soluciones.

Esto es orientar.

Cuando “damos consejos” casi nunca recibimos como respuesta un “Ahhh, qué buena idea, nunca se me hubiera ocurrido, esto es algo realmente nuevo”…Por el contrario, la respuesta es casi siempre parecida a: “eso ya lo he hecho muchas veces, le he hablado, le he pedido, se lo he explicado….y nada, que con este niño no funciona y no sé por qué”.

Uno casi llega a pensar que al igual que se suele decir que “más vale no meterse en medio de los problemas de una pareja”…también podría aplicarse este principio a los problemas entre padres e hijos.

Los consejos pueden incluso llegar a resultar irritantes y hasta en cierto modo un tanto ofensivos porque uno puede pensar…

”¡¡¡¿pero a quién se le ocurre pensar que yo no haya hablado con mi hijo y le haya explicado que tiene que aprender a llevarse bien con su hermana? Se lo digo montones de veces todos los días!!!”.

Y es comprensible, a nadie nos gusta pensar que los otros tienen un concepto poco elevado de nuestra inteligencia y recursos personales.

Las madres y padres cuentan lo que les pasa con sus hijos y lo que su relato refleja es mayormente “asombro”. No salen de su asombro, porque realmente no entienden qué está sucediendo en su casa, con aquel querubín que tanto desearon y que tanta felicidad traía debajo del brazo al llegar a sus vidas.

Ante este desconcierto cualquier intento de minimizar el problema, de pretender dar consejos simples y sencillos encontrará serias resistencias. Los consejos sobran, la orientación es el camino.

Yo no sé qué tienes que decirle al niño para que se lave los dientes, ni que puedes hacer para lograrlo. Pero te puedo orientar para que tú encuentres tu propio camino:

El proceso de orientación psico-educativa empieza por ayudarte a que te hagas consciente de cuáles son tus métodos educativos. Sí, qué es lo que tú haces cuando estás educando a tus hijos, y ya puestos, qué actitudes despliegas en general en presencia de los niños. Ellos aprenden de ti no solo lo que tú quieres enseñarles, sino todo lo que ven, oyen y observan. A este primer paso podemos llamarlo: Auto-observación de la propia conducta educativa. Sin juzgar, sin pretender analizar más allá de ver lo que sucede, ver lo que yo hago.

Una vez que tomamos nota de nuestras formas de reaccionar ante las conductas de los niños podemos en un segundo paso, intentar ponernos en los zapatos de nuestros hijos, y ver cómo esto les hace sentir, y de este modo comprender mejor el porqué de su respuesta a nuestras acciones educativas. Comprender mejor cuales son los efectos que estamos realmente provocando en el niño. Porque una cosa es lo que quiero lograr y otra distinta es lo que realmente provoco.

Esta información son los cimientos del cambio que queremos lograr.

De ese saber qué hacer, de ese comprender qué es lo que pasa y por qué todo es tan difícil de manejar, de todo esto es de donde nace una nueva forma de sentir del educador y una nueva forma de educar. Para esta fase puede ayudar mucho tener unas nociones básicas sobre la conducta infantil y las motivaciones que se ocultan tras el “mal comportamiento”.

Si comprendemos qué pretende conseguir el niño, y si conocemos qué es lo que realmente necesita, educar seguirá siendo una tarea difícil y que requiere de constancia y de mucha paciencia, pero dejará de ser una tarea tan desconcertante e imposible de sobrellevar. Porque estas situaciones de continuo desencuentro entre padres e hijos son una importante fuente de sinsabores, de ansiedad y de estrés.

A nadie se le escapa que cuando las cosas van regular, nuestro estado emocional se ve perjudicado y también acaba minando nuestra salud.

Llegar cansados del trabajo y encontrar un panorama de tensiones y conflictos con los que más queremos es duro y difícil de llevar. La familia que no logra la cooperación y un clima habitable de apoyo y respeto mutuo sufre un importante desgaste físico y emocional que afecta a todos y a toda la vida familiar en general. Este debe ser el objetivo general de la educación visto de manera global como una forma de funcionamiento de toda la familia como grupo humano cuyos miembros tienen diversas necesidades y características pero un fin común: la convivencia y el bienestar de todos gracias a la cooperación en un clima de respeto mutuo.

Pilar Andújar Rodríguez

https://pilarandujar.com/

¿Te ha ocurrido alguna vez que tienes que hacer algo con tu hijo, que no hay más alternativa que hacerlo e intuyes que se va a negar a hacerlo?

Por ejemplo podría ser salir a hacer la compra, también podría ser ir a visitar a los abuelos o también comenzar la rutina de la noche para ir a la cama. Todo es relativo, no digo que estos ejemplo sean normas irrompibles, para todo puede existir una alternativa, pero lo que quiero es que te sitúes en aquellas ocasiones en las que tu necesitas hacer unas cosas, necesitas tener ciertas rutinas o cumplir algunos horarios a pesar de cuánto empatizas con tu hijo y comprendes sus necesidades.Tú tienes la claridad de la situación, tú eres el guía.

Bueno, el caso es que comienzas a pensar en cómo decírselo, cómo entrarle para que no se niegue en redondo, para que no se enfade y quiera colaborar…

Casi hasta tienes miedo porque sabes que se va a armar un “tira y afloja”. Seguramente comenzarás explicándole qué vais a hacer, pidiéndole que se vista, preguntándole que quiere hacer…pero todo bañado en un tono de “cierta inseguridad”.

Pues bien, hay veces en que tenemos que mostrar una actitud segura (bueno esto siempre y tanto cómo no sea posible) y simplemente plantear “lo que vamos a hacer” a nuestros pequeños con dignidad y respeto. Esto queda muy lejos del autoritarismo y también queda muy lejos de ese miedo a conseguir que “nos hagan caso” y andar rogándoles y suplicándoles que hagan las cosas.

 

Tú tienes la claridad de la situación, tú eres el guía.

Tú tienes la claridad de la situación, tú eres el guía.

 

Existen muchas ocasiones en las que podemos negociar y ofrecer alternativas, existen ocasiones en las que los niños pueden decidir sobre si hacer algo o no hacerlo, pero existen otras ocasiones en las que simplemente han de confiar en nosotros y aprender a colaborar. Además, a medida que vayan haciéndose mayores irán asumiendo aún más el control sobre su vida y sobre qué quieren hacer en cada momento, pero mientras tanto habrán algunas cosas que serán inegociables: Como que se quede sólo en casa si tu tienes que ir a trabajar y él no quiere ir al colegio, por ejemplo.Tú tienes la claridad de la situación, tú eres el guía.

Y dentro de todas estas situaciones innegociables  podemos utilizar nuestra imaginación para no caer en luchas de poder ni en persecuciones para que se vistan por toda la casa, pero la primera de todas es explicarle al niño o la niña qué vais a hacer, qué va a pasar, sin titubear. Después ya vendrán los trucos y las estrategias.

 

Un niño necesita sentirse seguro y la actitud que muestren los padres sobre lo que “hay que hacer” es infinitamente necesaria para que ellos logren esa sensación de seguridad.

Imagina que subes a un avión con un piloto que comienza a hablar a los pasajeros con dudas sobre pilotar un avión, sobre si la gasolina llegará para todo el vuelo, titubea para responder algunas preguntas….¿tendrías confianza en ese piloto? ¡Yo creo que me bajaría del avión! O que vas a hacer escalada en la montaña y el percibes que el monitor tiene dudas sobre qué pared escalar, cuál es la más segura, qué ruta seguir…. No sé si seguiríamos sus pasos o mejor nos daríamos media vuelta y pediríamos a otro monitor….jajajajajaja.

 

Pues mira, a los niños les ocurre lo mismo.Tú tienes la claridad de la situación, tú eres el guía.

Llegan a este mundo y no tienen ni idea de nada así que lo primero que necesitan es a un buen guía seguro de sí mismo que les hable mostrando que sabe lo que hace, que domina la situación y que “nadie va a morir por el camino”. Después, ese guían tendrá que demostrar imaginación, capacidad de negociación, interés por conocer las necesidades e intereses del niño….¡y mucho más!…pero repito, lo primero que va a necesitar es esa seguridad.

 

Por cómo sujetamos al bebé recién nacido, con la suficiente firmeza para que no se caiga y la necesaria suavidad para no hacerle daño, ese bebé percibirá seguridad. Por cómo le bañamos, por cómo lo alimentamos…y a medida que se van haciendo mayores por cómo les planteamos nuevos retos, nuevas situaciones, nuevas experiencias.

Ésta seguridad es la que a veces falta y la que, sin darnos cuenta, nos genera unos cuantos conflictos.

Yo misma lo he podido comprobar con mis hijos cuando en las ocasiones en que yo creo que no cabe ninguna negociación posible, me dirijo a ellos, les pido que me atiendan y miren a los ojos y les explico lo que vamos a hacer, no lo que podemos hacer. En concreto utilizo mucho la frase “Esto es lo que vamos a hacer”, que la leí en un ejemplo de un libro de Disciplina Positiva. Pues puedo contarte que se han reducido muchos de los problemas que teníamos cuando teníamos que ir a algún lado y por lo tanto necesitábamos vestirnos y ordenar la habitación si era el caso.

Una vez planteado lo que íbamos a hacer, continuábamos aplicando las herramientas  respetuosas que ya conocíamos como las opciones limitadas, ordenar con ellos y repartirnos las tareas, ir con ellos a lavar los dientes, hacerles preguntas, etc.

En resumen y como nos transmite la Disciplina Positiva, la amabilidad y la firmeza siempre son necesarias al mismo tiempo y en todos los momentos, y esa firmeza a la que se refiere y que quizás pueda sonar a algo estricto no es más que mostrarte seguro de ti mismo con respecto a lo que hay que hacer y expresarte con dignidad y respeto hacia ti mismo.

¡Como siempre estaré encantada de leer tu comentarios! ¿Tu sientes que transmites esa seguridad a tus hijos? Yo he de reconocer que durante mucho tiempo no me he sentido segura.

¡CONFÍA EN TI!

Nuria Ortega

www.educarparaelfuturo.com

 

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

 

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

—¡Esto no me gusta! ¡Puaggggg! —dice Roberto, de 6 años, ante su plato de lentejas.

La mamá de Roberto ya temblaba un rato antes de servir la comida, y es que esa hora se ha convertido en un suplicio. Ahora que el niño ya ha “sentenciado” a las lentejas como totalmente indeseadas, su madre está muy tensa; se imagina el resto de la escena, y no es nada divertida 🙁

¿Cómo afrontamos las comidas difíciles?

Reacción 1:

—A ver Rober —le dice su mamá amablemente—, las lentejas son muy sanas, son necesarias… Mira que hay muchos niños pasando hambre y tú tienes la suerte de tener un buen plato de comida… Y además que sino te vas a quedar enano y los demás niños van a ser más altos que tú. 

—¡Me da igual! —grita enfadado el niño—. ¡Son asquerosas!

—¡Claro que no son asquerosas! —protesta la madre— son muy nutritivas, y te las tienes que comer.

—¡No quiero! Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

—Muy bien, pues si no te las comes no bajamos al parque y te las vas a comer para merendar. Tanto capricho no puede ser. 

—No me las voy a merendar —dice el niño llorando.

—¡Pues entonces te las cenas!

 

Reacción 2:

—Estoy un poco preocupada —dice su mamá sentándose a su lado— ¿podemos hablar de esto un momento?

—¿De qué? —pregunta el niño algo desconcertado.

—Bueno, verás… estoy preocupada porque me parece que no estás comiendo muy bien últimamente y me gustaría que encontrásemos juntos una solución.

—Sí que estoy comiendo bien —protesta Rober.

—Hummmm, ¿que pensarías si Rudolf (su perro) solo comiese dulces?

—Mamá, los dulces no son buenos para los perros, ya lo sabes.

—¿Crees que podría ponerse enfermo?

—Seguramente…

—¿Le quieres mucho verdad?

—Sí, mami, ya lo sabes. Es mi súper amigo —explica Rober con una sonrisa.

—¿Por qué crees que mamá está preocupada por tu alimentación?

Rober se queda pensativo y finalmente contesta:

—Creo que porque me quieres… 

—Es muy importante para mi que estés sano. Te quiero mucho. ¿Crees que podríamos solucionarlo de alguna forma los dos juntos? ¿Se te ocurre algo para que puedas comer cosas sanas?

—Hummmmmm, pues no sé mami. Pero… es que a veces te pones muy pesada y no me gusta. 

— Oh, ¡vaya! No me había dado cuenta de eso… ¿puedes contarme que es exactamente lo que no te gusta?

El niño la mira con firmeza.

—No me gusta que me digas todo el rato “¡venga, come!”. Me gusta cuando hablamos de otras cosas. Y no me gusta tampoco que te enfades…

—Pues tienes razón, creo que últimamente no lo he estado haciendo muy bien. ¿Me perdonas? A partir de ahora, si tú me ayudas, podemos hacer las cosas de otra forma. ¿Qué opinas?

—Sí mami, claro que te perdono. Pero no sé qué podemos hacer… es que no me gustan algunas comidas —dice poniendo cara de asco.

—Te propongo una cosa: ¿qué te parece si hacemos juntos un menú para la semana? Podemos pensar entre los dos las comidas y las cenas que haremos. Eso sí, tenemos que buscar que sean saludables. Habrá que poner un poco de todo, pero mira, se me ocurre que quizás podríamos buscar recetas juntos. A lo mejor si lo cocinamos de otra forma puede que te guste.

—Me parece bien mami. ¿Puedo ayudarte a cocinar algún día?

—¡Claro que sí!

Y Rober y su madre se sentaron esa misma tarde a debatir sobre los menús. Su mamá le orientaba sobre el tipo de alimentos que debían consumir cada día y le daba opciones.

Encontraron que las lentejas no había modo de que las aceptase (les tenía una manía horrible), pero le encantaban los garbanzos con tomate (y eso también era una legumbre). No soportaba el puré de verduras, pero la sopita hecha con el caldito de las verduras sí que le gustaba, y muchas otras ideas más que hacían que su alimentación fuese mucho más saludable.

Se dieron cuenta de que algunos alimentos los rechazaba solo por los trozos de cosas que “flotaban” y decidieron que podrían triturar algunos para que no se notasen y prescindir de otros,  Además su mamá le propuso probar un alimento nuevo cada semana que si no le gustaba podía dejar a un lado; su madre no le diría nada.

Escribieron el menú en un papel y lo pusieron en la nevera para no olvidarse.

Acordaron también que todos los meses revisarían los menús para añadir algunos de los alimentos nuevos que había probado y le habían gustado. 

Los fines de semana Rober ayudaba a su madre a cocinar algunos platos y se llegó al acuerdo de que ya no le reñirían ni atosigarían a la hora de la comida; que hablarían de cómo les fue el día o de lo que quisieran, y que si no quería comer podía levantarse, aunque la merienda no se adelantaría (pero tampoco tendría que comerse el plato que había dejado sino que sería su merienda normal)

 

Analizando la situación:

A veces, la hora de la comida se convierte en una lucha en muchos hogares. Está claro clarísimo que nuestra intención es que coman para que crezcan sanos y fuertes, porque les queremos muchísimo y queremos lo mejor para ellos. De todo esto no hay duda.

Lo que pasa es que las formas de encarar esta situación a veces no nos dan los resultados que esperamos.

En la situación 1 la madre, desesperada por los constantes problemas a la hora de la comida, pierde los nervios. Trata primero de convencerle haciéndole ver que esa comida es sana y necesaria, después pasa a intentarlo diciéndole la suerte que tiene porque no pasa hambre, y finalmente le amenaza con no ir al parque y con que además se quedará enano. Ante la respuesta negativa del niño la madre utiliza su último recurso: amenazarle con ponérselo para merendar e incluso para cenar. Todos estos recursos, a muchos, no nos sonarán lejanos, pues han sido los elementos empleados en muchísimos hogares.

Pero el problema está en que: Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

  • no son efectivos, porque el niño no quiere comer.
  • la hora de comer se convierte en un momento desagradable.
  • no enseñan habilidades, solo fomentan la lucha de poder.

En la situación 2 la madre actúa de forma muy distinta, en la que hace partícipe al niño de la posible solución al problema implicándolo y haciéndole preguntas para que él mismo llegue a la conclusión de porqué es importante para él que coma sano y  porqué es importante para su madre que coma bien. Está entrenando y aprovechando esta situación (reto) para generar habilidades de vida. Así de pronto se me ocurren todas estas:

  • Inteligencia emocional: la mamá le dice cómo se siente y lo que le gustaría, así que está modelando una forma de comunicación que expresa con sinceridad y respeto, nombrando lo que estamos sintiendo.

 

  • Enfoque en soluciones: entre ambos buscan cómo mejorar/solucionar lo que está ocurriendo, en vez de centrarse en castigar, culpar o hacer pagar por un comportamiento no deseado.

 

  • Fortalecimiento del sentimiento de pertenencia e importancia: su madre le explica con respeto lo que siente, le pide ayuda para solucionar la situación, le escucha con interés… El niño se siente tenido en cuenta, siente que forma parte de la familia y de la solución.

 

  • Capacidad para tomar decisiones: se le pide opinión con respecto a las propuestas, deciden opciones saludables para comer…

 

  • Respeto mutuo: la madre se respeta a sí misma diciendo cómo se siente, se respeta al niño pues se le habla con paciencia y calma y se cuenta con él para resolver el conflicto. No se le hace pagar al niño por no comerse la comida o porque no le guste algo en concreto, se cambia el comportamiento del “¡venga, come!” por disfrutar de la comida con una conversación interesante para ambos.

 

  • Entrenamiento en autonomía: el niño ayuda a cocinar.

 

  • Entrenamiento de algo que le cuesta mucho: probar cosas nuevas (lo harán una vez por semana, y si no lo quiere no se le harán reproches de ningún tipo). Esto abrirá la puerta con un poco de paciencia a que el niño no rechace de plano lo nuevo.

 

  • Firmeza: tiene la opción de dejar la comida, pero eso no significa que pueda merendar media hora después, sino que deberá esperar a la hora de siempre.

Mensaje enviado al niño:

“Es importante que comas bien porque eso te hará estar fuerte y sano. Es importante para mi que comas bien porque te quiero y quiero que estés fuerte y sano. Eres importante y eres parte de la solución”

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

Quizás sea importante también hacernos las siguientes preguntas para averiguar si realmente el problema es que el niño come mal o que nosotros estamos preocupados sin mayores motivos:

  • ¿Es posible que tu preocupación sea excesiva?
  • Si analizas y anotas día a día lo que come, ¿realmente está tan mal?
  • ¿Estás demasiado encima de los niños en este tema?
  • ¿Su peso y altura son adecuados para su edad?
  • ¿El niño está cansado, irritable, tristón… o por el contrario tiene energía y se le ve alegre?
  • ¿Crece adecuadamente?
  • ¿Qué te dice al respecto tu pediatra?

Y es que muchas veces la preocupación es excesiva y nos convertimos en “policías” de la comida, haciendo que a medio plazo se convierta en un problema.

Porque cuando los niños forman parte de la solución y toman decisiones, están mucho más dispuestos a llevarla a cabo 🙂

Ana Isabel Fraga

www.anaisabelfraga.com