Disciplina Positiva España
Educar con Cariño y Firmeza a la vez. Relaciones basadas en el respeto mutuo
peleas entre hermanos

peleas entre hermanos

peleas entre hermanos

Muchas familias me preguntan cómo actuar cuando los herman@s se pelean, no saben si tomar partido o mantenerse al margen.

Estas discusiones, desavenencias o peleas, son parte del aprendizaje. Son una forma de aprender a interactuar con los demás. En este sentido, la labor de los hermanos es la de servir de pequeño laboratorio en el que probar y experimentar reacciones, y formas de actuar. Es el espacio donde ensayar respuestas entre iguales. De ahí saldrán sus estrategias para enfrentarse a sus compañeros de colegio, de instituto, de trabajo… Peleas entre hermanos, ¿intervenir o no?

Parte del “trabajo” de herman@ consiste en poner a prueba y tantear hasta dónde se puede llegar.

Probarán a sacar toda la artillería en pelea campal directamente, pero también  probarán a negociar, a gritar, a pegar, a buscar el adulto que se lo resuelva, a engañar, a mentir, a ayudar, a apoyar, a ser amable, a compartir… lo probarán todo y verificarán de qué forma consiguen mejores resultados. Por supuesto, de forma totalmente inconsciente, de igual modo que cuando empezaban a andar colocaban el pie de esta manera o de esta otra según tanteaban cómo se apoyaban mejor.

Es difícil como padres oírles o verles discutir y no entrar a separarles o a tranquilizarles. Pero pararnos a pensar qué conseguimos con ello puede darnos luz sobre lo que realmente es mejor.

Si nosotros solucionamos su “problema” pueden estar entendiendo que no tienen recursos suficientes para arreglarlo solos.

Cuando intervenimos, realmente… ¿cuál es nuestro objetivo?, ¿qué queremos conseguir? Vamos a verlo con un ejemplo muy típico que se habrá vivido en todas las casas: cuando l@s dos herman@s quieren el juguete al mismo tiempo.

Si nuestra intención es simplemente que se callen y dejen de gritar, realmente cualquier solución es buena, con tal de que se callen. En este caso da igual quien tenía la razón y cómo se solucione. Da igual si los dos terminan enfadados o alguno se siente vencedor. En nuestro ejemplo, da igual quién lo tenía antes, cuánto tiempo llevase con él, etc. posiblemente se pueda terminar con un: “pues para ninguno, lo guardo yo y se termina el problema”.

Si nuestra intención es que aprendan a resolver sus propios problemas, es importante darle el protagonismo a los dos en la solución. Para ello es importante escuchar las dos partes, hacer un poco de juez y ser lo más neutral posible, sobre todo si no estábamos presentes y no sabemos bien qué ha ocurrido. La solución debe ser buena para los dos y vista como solución válida para cada uno.

Si intervenimos de este modo, comprobando qué quiere uno, qué quiere el otro y de que forma se pueden combinar los dos deseos, o si uno tiene que perder cómo se puede compensar… es enseñarles a negociar. Si nosotros iniciamos ese proceso en poco tiempo lo aprenderán y podrán incorporarlo como forma válida para solucionar una discusión o pelea con otras personas. En nuestro ejemplo puede ser algo así:

  • ¿Quién lo tenía antes? ¿Cuánto tiempo llevabas con él?

  • ¿Podemos hacer turnos? Si tú ya lo tenías desde hace un rato, ¿te parece bien si se lo dejas un ratito y luego él te lo devuelve? ¿quieres otro juguete mientras? ¿O quieres jugar conmigo a este otro? Mientras lo tienes tú y luego cambiamos. (aquí dependiendo de las respuestas vamos organizando, si no le gusta el juguete alternativo probar con otro pero con la presencia del cuidador, que suele ser más deseado que cualquiera de los juguetes)

Si nuestro objetivo es que se lleven bien, lo importante es que no haya vencedores ni vencidos, que no haya sensación de injusticia y, sobre todo, que no se imponga una solución que no sea buena para los dos. Además de negociar la solución para que se entienda como buena para todos es necesario actuar también en explicar las intenciones de cada uno y desvincularlas de “me quería hacer daño/me odia/no me quiere…”

Para esto es mejor hacerlo por separado con cada uno y en diferido, es decir, en otro momento con más calma en que pueda razonar en frío. Para ello este breve guion será muy cómodo:

  1. Preguntar qué ha pasado y tener la información desde las dos partes.

  2. ¿Cómo te has sentido con lo que ha pasado y con lo que has hecho?

  3. ¿Cómo crees que se ha sentido tu herman@? ¿qué crees que intentaba?

  4. ¿Cómo te gustaría hacer la próxima vez para que salga mejor?

Siguiendo con nuestro ejemplo, lo más importante va a ser hacerle ver que su herman@ no buscaba fastidiarle, sino que se acordó de ese juguete al verle y le apeteció jugar en ese momento.

Al principio sobre todo, es posible que no sepa muy bien cómo enfocar sus respuestas o no se dé cuenta de qué pude hacer. En ese caso podemos hacer recomendaciones y darle ideas que puede que le sirvan. Por supuesto, como son recomendaciones e ideas, no son de obligado cumplimiento. Tendrá que probar por sí mismo si realmente vale la pena o no. De modo que podemos recomendarle que la próxima vez pruebe a pedir por favor si le deja jugar un ratito con el juguete en vez de arrancárselo de las manos.

Si lo hace, comprobará si tiene mejores resultados, pero si no lo prueba, simplemente lo sugerimos de nuevo, sin presiones.

Para comprender lo que les puede ocurrir en estos casos, es como cuanto te recomiendan tal o cual remedio para algún problema pero que no te convence, de primeras no vas a probar. Pues ellos igual.

Es importante que cada uno tenga su oportunidad de hablar del tema a solas y que tenga su oportunidad de explicar su parte y que con cada uno podamos pensar en cómo puede hacerlo mejor la próxima vez. Ambas partes necesitan entrenar cómo conseguir más recursos.

El truco está en entrenar nosotros también, en practicar y ver cómo podemos ayudarles, pero a cada uno en lo que necesita, sin presiones, sin culpas y con mucha comprensión y mucho cariño. Porque tanto ellos como nosotros lo necesitamos, a todos nos sienta bien y nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos.

Ana Couto

www.AnaCoutoCoaching.com

Recupera algo de antaño para tu familia

Recupera algo de antaño para tu familia

Recupera algo de antaño para tu familia

Es indiscutible que los “tiempos cambian”, que las costumbres se re-adaptan a las necesidades del momento, que cada familia tiene su historia, sí. Por eso creo que, a la vez que favorecemos que nuestros hijos estén preparados para sobrevivir en este momento socio-histórico que les ha tocado estar, es nuestra responsabilidad también asegurarnos de que no pierdan la esencia de lo que les antecede. Te doy un consejo: Recupera algo de antaño para tu familia.

¡Tranquilos! no voy a decir que deberíais volver a lavar la ropa en el río, no.  Me estoy refiriendo a esos momentos que favorecen el trato humano.

Estamos de acuerdo en que oímos a adultos y ancianos decir con pena “Se han perdido los valores, la gente ya no se ayuda, no se conocen los vecinos…” y ante ello podemos reflexionar.

¿A qué se refieren? ¿Sólo al respeto hacia los mayores?

Nada más lejos de la realidad. Se refieren a todas y cada una de las costumbres que hacían de un pueblo una comunidad, de un barrio casi una familia.  Esos actos, momentos y actitudes, esas palabras y saludos que cada día se oían y que resonaban en el pecho de cada quién que los escuchaba.

Hoy los adelantos se nos han adelantado y han dejado atrás la parte más humana y sensible de las personas. Por eso surgen con fuerza, desde la necesidad, los programas de educación y gestión emocional.

Deseamos que nuestros niños y jóvenes lleguen a ser capaces, recursivos,… felices al fin y al cabo.

Para ello nos ayudaría (y mucho) echar un poco la vista atrás, y me arriesgo a decir que no a la generación anterior si no al menos un par de generaciones atrás. Una de aquellas en la que de verdad se sienta la diferencia, porque de extremo a extremo vemos mejor la potencia de los cambios.

Y echando la vista atrás, por ejemplo 80 años, podemos mostrar a nuestros hijos y alumnos momentos familiares increíbles. Cierto es que muchos momentos de penuria no los queremos para los nuestros pero también es cierto que, incluso en la penuria, había humanidad, aceptación y agradecimiento que ayudaban a sentir compasión por el prójimo y a colaborar en tribu (en aspectos de crianza y educación entre otros).

Recupera algo de antaño para tu familia y la enriquecerás. Puedes probar  y sentir qué os aporta:

  • Conversaciones a la hora de cenar
  • Andar sin prisa y sin ruta por alguna zona de campo
  • Aprovechar recursos de la naturaleza
  • Atender animales
  • Consumir comida casera
  • Disfrutar ratos de relax observando “algo”
  • Dar agradecimientos
  • Visitar familia y amigos aunque te dé pereza
  • Estar en casa sin tv

  • Juntarse para cantar
  • Bailar en cada ocasión que se presente (no se sabe cuándo será la última romería)
  • Estar descalzos
  • Invitar a los vecinos a  echar la partida
  • Juntarse a ver fotos
  • Escuchar y contar historias de la familia
  • Recorrer  los sitios donde solían estar  esos antepasados
  • Acercarse a ver qué hace el vecino
  • Ayudarle a terminar lo que está haciendo
  • Plantar una huerta
  • Ayudar al vecino con la suya
  • Aprender a remendar la ropa, soldar los metales, podar árboles…
  • Echar la ropa a secar al sol (en Asturias se dice “echar la ropa al verde”, en el prao)
  • Levantar la voz para SALUDAR a la vecina que camina más adelante por la otra acera
  • Brindar en cada nueva ronda
  • Comprar en las tiendas de barrio y pararse a charlar 🙂
  • Estar sin reloj y fiarse del Sol…

Y añade las que se te ocurran o apetezcan, las que eches de menos, porque seguro que si escarbas un poco encuentras alguna que te gustaría recuperar o volver a sentir… Yo no me olvido de las nochebuenas en casa de mis abuelos, volvería hoy mismo.

¿A qué momento de tu historia familiar te gustaría volver, aunque solo fuese un día, o un rato?

Dale a tus hijos el placer de VOLVER CONTIGO para que también puedan “respirarlo” y se embriaguen de convivencia.

Virginia García

www.ContigoDesenredo.es

Sentimiento de pertenencia y mala conducta ¿qué relación guardan?

Alfred Adler (1870-1937), en su teoría de la psicología individual, habló de la necesidad del sentimiento de pertenencia. Sostenía que todo comportamiento del ser humano está encaminado a la búsqueda del sentimiento de pertenencia. Esto es así por una cuestión de superviviencia. Somos seres sociales y vivimos en comunidad; solos no sobreviviríamos así que de una manera instintiva buscamos integrarnos perfectamente en nuestro grupo de referencia para así asegurarnos el seguir vivos (ahora puede parecer un poco absurdo, puesto que vivimos en sociedad, pero hace miles de años, cuando se vivía en cuevas, un ser humano que no viviera en manada tenía los días contados… Esto forma parte de nuestro instinto animal). Sentimiento de pertenencia y mala conducta ¿qué relación guardan?

Alfred Adler sostenía que el  sentido de pertenencia está detrás de toda conducta inapropiada de los niños, ya que en busca de cubrir esta necesidad, los niños toman malas decisiones y se comportan de modos inapropiados. 

Sentir que somos parte importante y útil de un grupo es una necesidad que todos tenemos, no solo los niños:

 

¿Te has sentido alguna vez excluido de un grupo de amigos?

¿Has experimentado la sensación de no “conectar” con el equipo de trabajo en alguna empresa?

¿O has pensado alguna vez que en cierto grupo no te tenían en cuenta?

¿Cómo te sentías?

Muchos niños experimentan esa sensación en sus casas y en la escuela, e intentan a toda costa satisfacer esa necesidad porque sus instintos primitivos le dicen que lo necesita para sobrevivir. ¿Imaginas todo lo que es capaz de hacer para sentir que su vida no está en peligro? (el cerebro no distingue que actualmente la vida no corre peligro, tan sólo responde a las emociones que se han generado).

 

Nuestro primer grupo de referencia es la familia en la que nacemos.

Después van ampliándose los grupos al aparecer la escuela, el grupo de amigos de referencia, el trabajo, etc. En cada grupo nuestro comportamiento estará encaminado a formar parte y a que no nos dejen de lado. Y además de ser parte de ese grupo, necesitamos sentir que pertenecemos de verdad, que somos un miembro apreciado y útil del grupo, porque si no estamos aportando nada a nuestro grupo… ¿quién sabe si cualquier día deciden abandonarnos? Al no sentir que pertenecemos y que somos importantes para el equipo, se activa un miedo a ser abandonados, a quedarnos solos, en última instancia…a la muerte. Y la función del cerebro es sobrevivir, así que toca buscar soluciones a este problema.

 

Esta necesidad responde a un instinto muy primario, es algo muy inconsciente, pero existe y realmente nos mueve y remueve.

Sentimiento de pertenencia y mala conducta ¿qué relación guardan?

Sentimiento de pertenencia y mala conducta ¿qué relación guardan?

En la película “Los pingüinos de Madagascar” puedes ver un ejemplo de la búsqueda de sentimiento de pertenencia muy clara.

El pingüino más pequeño, Private, se pasa la película repitiendo que él tan sólo quiere ser un miembro apreciado y valioso del equipo. Los demás creen que no tiene mucho que aportar y lo usan en muchas ocasiones de “cebo” puesto que no pueden darle ninguna función importante. Private se siente triste en muchas ocasiones y desesperado por no poder contribuir de forma valiosa para el equipo. Finalmente en la película, el pingüino encuentra en qué es valioso para su equipo y por qué sí es una pieza fundamental para el equipo tal y como es (y los demás también se dan cuenta de eso). Te recomiendo que veas la película, que además ¡es muy divertida!

Ahora volvamos a los niños y vamos a centrarnos en las conductas que surgen como respuesta a la necesidad del sentimiento de pertenencia. Supongamos que ante una conducta de un niño que nos preocupa hemos descartado que la causa sea una necesidad física, falta de maduración, el malestar emocional o simplemente que sea una conducta completamente normal para su edad….Entonces es muy probable que el niño necesite sentir que pertenece y que es un miembro importante y apreciado de su “equipo” (familia, clase, amigos….).

 

La pertenencia es otra necesidad emocional que tiene el niño fruto de la vida en sociedad.

Los niños buscan sentirse incluidos, parte del grupo en el que se encuentran, útiles para los demás, que los tengan en cuenta, sentirse válidos. Necesitan saber que necesitamos su ayuda, quieren participar en todas las tareas, ser autónomos, hacer cosas ellos solos o ayudarnos a hacerlas. Es fácil ver como desde bien pequeñitos se despierta en ellos las ganas de contribuir…

Hacia el año o año y medio en los niños se despierta el deseo de hacer las cosas ellos solos y poco después nace el deseo de ayudar. Cada niño tiene su ritmo y algunos empiezan antes y otros después. ¿Qué ocurre cuando un niño o una niña de 12 meses quiere tomar sopa solit@ con la cuchara? Que normalmente no le dejamos porque lo pone todo perdido. Quizá le intentamos enseñar y a veces no tenemos suficiente paciencia para esperar a que aprenda. Quizás nos apresuramos a ayudarle y a rescatarle de su “lío”…. Este es el motivo por el que los niños suelen abandonar el deseo de hacer las cosas por si solos y quieren que les den de comer o que los vistan a edades que ya podrían hacerlo muy bien solitos.

El problema es que han desarrollado el sentimiento o mejor dicho, la creencia, de que no son válidos y que no pueden hacerlo.

 

Cuando los niños no tienen este sentimiento de pertenencia, cuando creen que no son útiles para el grupo, lo buscan llevando a cabo conductas que creen que les van a resultar útiles para lograrlo. Y lo buscan porque aún no se han rendido y quieren sobrevivir, su instinto animal les dice que tienen que formar parte de ese grupo o si no podrían morir (del mismo modo que de bebé su instinto les hace llorar cuando les ruge la barriga porque si no podrían morir por falta de alimento).

En esta búsqueda de pertenencia, los niños caen en lo que Rudolf Dreikurs  (1897-1972) llamó “Metas equivocadas de la conducta”. Dreikurs decía que el niño desarrollaba una creencia equivocada sobre sí mismo y entonces actuaba conforme a esa creencia para conseguir una meta: ser tenidos en cuenta.

La Disciplina Positiva nos explica muy bien cómo se desarrollan estas creencias, cómo podemos descubrirlas y cómo podemos actuar para que no se perpetúen y el niño encuentre el modo adecuado de satisfacer su sentimiento de pertenencia.

Nuria Ortega

“Educar para el futuro”

venganza

El dolor. El desequilibrio emocional es una de las sensaciones más incapacitantes que existen.
Todo se percibe desde la ofensa, el ataque y la sensación de victimismo…y a nadie le gusta ser víctima.
Perder. Sentirse vulnerable. Menos que… VENGANZA

Hemos sido educados en una sociedad en la que no se concibe la posibilidad mirar más allá del individualismo más destructivo: para poder ganar, los demás han de perder. Caiga quien caiga.

Y es tremendamente humano.

Por eso es fundamental ayudar a nuestros hijos a saber expresar su dolor o malestar de una forma respetuosa consigo mismos y los demás, sin buscar venganza, sin perseguir hacer sentir su dolor a los que les rodean.
Porque eso es lo que hacemos constantemente.

Yo estoy mal: los demás vais a saber lo que se siente, o al menos , a los que tenga la capacidad de dañar, es decir, A LOS MÁS CERCANOS E IMPLICADOS CONMIGO.

Empezar por nosotros sería una fantástica opción. ¿En cuántas situaciones nos tomamos todo “a lo personal”? ¿Cuántas veces a lo largo de la vida no somos capaces de ver el problema sin buscar antes de nada, un culpable? ¿Cuántas veces somos jueces y verdugos?

Vengarnos de un dolor propio dañando a los demás es la forma menos eficaz de conseguir ayuda y apoyo, que es exactamente lo que estamos necesitando en esos momentos. VENGANZA

Pero es el único recurso que tenemos si desde que aprendemos a vivir nos enseñan que hay que “pagar por” (castigar) los errores, en vez de solucionarlos. Es lo primero que nos domina si responsabilizamos a los demás de nuestras emociones siento dependientes (locus de control externo) de apegos limitadores.

Intentemos detectar el dolor como una señal positiva de cambio, de movimiento necesario. Agradezcamos las situaciones que nos ofrecen la posibilidad de avanzar a través de ese dolor, en lugar de querer “salpicar” a los demás con el. Como mucho compartamos nuestras emociones con los que sabemos que pueden comprendernos.

“No estoy bien” “Todo me molesta, todo me hiere” Esa sensación, tan lícita y tan común en determinados momentos de nuestras vidas y de las de nuestros hijos, es útil si nos impulsa a salir de ese momento reflexionando y aprendiendo de esa experiencia.

Si nos incita a empujar a los demás a “nuestro pozo” es que no hemos entendido que esa TRISTEZA es nuestra, necesaria y tremendamente poderosa si la utilizamos para “limpiar” y crecer. VENGANZA

Si somos capaces de escuchar un “Mamá, Papá, estoy dolid@, ayudadme” en vez de un “¡Os odio!”…La relación con nuestros hijos seria mucho más cercana y enriquecedora. Si cada vez que nos hacen “sentir mal” con sus conductas detectamos que están intentando conectarse con nosotros a través del dolor, estaremos forjando una relación indestructible.

“APRENDE A PERCIBIR UN ATAQUE COMO UNA PETICIÓN DE AMOR”

María Soto

venganza

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SON SUS OBLIGACIONES, ES SU RESPONSABILIDAD

Aún impera la idea de que para conseguir que un niño/a haga algo se le debe de imponer, se le debe de exigir algo por que es lo que le toca. Cambia de enfoque, ofrece a tu hijo/a o a tu alumno/a la posibilidad de aprender habilidades, no le impongas lo que debe hacer porque “son sus obligaciones”, porque “es su responsabilidad”.

Escucho muchas veces el típico sermón: “Igual que yo tengo que ir a trabajar y no me apetece nada, tú debes ir al colegio”, o “ igual que yo vengo al colegio a trabajar tu responsabilidad es hacer los deberes”. Creemos que haciendo esto estamos siendo firmes, e imponiendo un límite coherente, pero ¿Estamos consiguiendo algo además de frustrar, enfadar y negarse a trabajar al niño?.

Párate a pensar en ello, si a ti te lo dijeran ¿tu opinión sería…  

qué estupendo es mi profesor que me hace ver con claridad mis responsabilidades, ahora mismo me pongo a trabajar con ilusión”?

SON SUS OBLIGACIONES, ES SU RESPONSABILIDAD

SON SUS OBLIGACIONES, ES SU RESPONSABILIDAD

Claro que hay aprendizajes que el niño tiene que aprender: el esfuerzo, la responsabilidad, los compromisos, los deberes como personas… pero si yo lo impongo no estoy consiguiendo una aprendizaje de ello, no te engañes, lo que quieres conseguir lo pierdes con estos métodos.

No es ser permisivo buscar otras estrategias donde nadie pierda, donde tanto tú como el alumno/a podáis trabajar mediante estrategias colaborativas, asertivas y empáticas.

Veamos algunas:

  • Empatiza con su situación y emociones: “entiendo que no te apetezca nada hacer los problemas de cálculo mental”
  • Ofrece opciones limitadas: “hay estos dos ejercicios que deberíamos practicar, escoge cual de los dos hacemos hoy.
  • Llega a acuerdos, negocia: “Esta ficha se tiene que entregar esta semana, ¿qué idea tienes para entregarla a tiempo?. Esta semana veremos como solucionar problemas de áreas y perímetros, ¿cuántos ejercicios creéis que serían los adecuados para practicarlo durante esta semana?”
  • Realiza preguntas, no impongas: “¿Cómo podemos hacer para practicar estos ejercicios de regla de tres, qué idea tenéis?”
  • Escucha sus razones, no des cosas por sentado: “¿Qué está ocurriendo para que no realices la tarea: no la entiendes, no te apetece, lo ves difícil?”
  • Busca soluciones:  “Observo que no traes la tarea hecha y te distraes, cuéntame como podemos solucionarlo, qué idea tienes para poder ponerte al día, si te parece pensamos en opciones y mañana al recreo buscamos conjuntamente soluciones”

Date cuenta de  que cuando somos firmes (sabemos lo que han de saber, qué tenemos que practicar y lo haremos) pero amables a la vez (escucho, empatizo, buscamos soluciones conjuntas…) no estamos siendo permisivos,  

sino que estamos consiguiendo fomentar la colaboración y enseñar habilidades de vida, formando seres humanos con opinión, juicio y comprometidos con lo que se acuerda.

Pero si durante este proceso me olvido de lo que yo quería obtener, pierdo mi objetivo, me dejo dominar por los demás y sus decisiones, estaré dejando de tener ambos pies en firme debilitando el proceso y el aprendizaje que quiero obtener con ello.

Practica la disciplina positiva, sé firme y amable a la vez.

Irene Iglesias Ruiz

Los tesoros de la tristeza

Los tesoros de la tristeza

Los tesoros de la tristeza

A veces me siento triste. ¿Y tú?

¿Crees que estar triste es bueno? ¿Que es malo?

¿Qué piensas de la tristeza?

La tristeza es una emoción. Sí, no digo nada nuevo.

Pero si te digo que todas las emociones están bien, entonces… ¿sentir tristeza está bien? Pues sí, está bien; y puede que eso te rechine, porque no es lo que nos han enseñado.

Sentir tristeza está bien.

¿Te estoy sugiriendo con esto que te dejes arrastrar al pozo de la amargura? ¡Pues no!

Lo que te sugiero es que la aceptes, que no la rechaces, que no luches contra ella.

Sé que esto no es lo que solemos oír. Sé que cuando estás triste, como a casi todos, lo que te dicen es:

“¡Animo, no es para tanto!”; “Anda, no llores, que no me gusta verte llorar”; “Tampoco es para ponerse así”; “Para lo que te sirve llorar…”; “Venga, no pienses mas en ello”; “No quiero verte así de triste”.

Y frases por el estilo, todas ellas con un nexo común: negar la emoción, aplastarla y hacerte parecer inadecuado por sentirla. ¡Ojo!, todas con la mejor de las intenciones, esa intención que pretende que al no mirar la emoción ¡desaparecerá! como por arte de magia.

¡Craso error!

¿Pero entonces que te propongo?

Te propongo sacarle el jugo a tu tristeza, porque hay un gran tesoro tras ella, un tesoro de incalculable valor: el medio para recuperarte y reflexionar.

Cuando estamos tristes nuestra energía baja y se queda bajo mínimos. No nos apetece hacer nada y parece como si todo lo externo a nosotros perdiera brillo y pasase a un segundo (o tercer) plano. Estamos totalmente “encuevados” en nuestro interior.

Entonces podemos hacer varias cosas:

  • Negarlo y tratar de seguir como si nada. La consecuencia es una pérdida de brillo general en nuestra forma de mirar la vida.
  • Dejarnos arrastrar por ella alimentándola con pensamientos negativos.
  • Aceptarla y acogerla.

Habrás adivinado ya que las dos primeras, a pesar de que suelen ser las que escogemos… no son las más adecuadas. Aceptarla y acogerla es una forma de gestionar la tristeza emocionalmente inteligente.

 

¿Cómo aceptamos y acogemos a la tristeza?

  • Llámala por su nombre, dilo en voz alta o en tu mente, no importa: “Estoy triste”

  • Acéptalo entendiendo que todos la sentimos y que no es nada malo, no eres defectuoso por sentirte así: “Estoy triste y está bien”

  • Acógela escuchando su mensaje

    . La tristeza te pide que descanses, que dediques tiempo para estar contigo, para llorar tu pena (sea la que sea), para sanar tus heridas con compasión y amabilidad, para actuar contigo como lo haría un amigo de esos que valen oro (de los que escuchan sin juzgar y te ofrecen un abrazo)

 Llorar es bueno, llorar ayuda a digerir la tristeza y a descargar la pena.

  • Reflexiona sobre los cambios que necesitas

    para mejorar aquello que haya provocado tu tristeza, pero espera un poco a ponerlos en práctica. Sabrás que ha llegado el momento de hacerlo cuando la luz vuelva a salir a través de tu corazón, cuando hayas soltado esa pena, cuando sientas que la energía vuelve poco a poco.

 ¿Y si es el niño el que está triste?

  • Consuélale sin juzgarle.

  •  Escúchale con atención plena y comprensión, 
  • No trates de solucionárselo todo tú.
  •  Abrázale sin más.
  • A veces solo hace falta esto para reconfortar al otro.
  •  Ponte en su lugar, empatiza con él.
  • Es probable que tú también te sintieses así si estuvieses en su piel y situación. Házselo saber.
  •  Explícale qué es la tristeza, cuéntale cuáles son sus tesoros; ¡ahora ya los conoces!
  • Y puedes leerle el cuento de Dopi y el baúl de la tristeza 😉
  •  Ten la paciencia necesaria para dejar que sane su corazoncito herido, no le metas prisa.
  • Estate dispuesto para consolar, abrazar y escuchar, para ayudarle a buscar soluciones haciéndole preguntas que le lleven a sus propias conclusiones o ofreciéndole varias alternativas si no se le ocurre nada.

Ana Isabel Fraga

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Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

Muchos pasamos por esta fase en la que nos planteamos que ya ha llegado el momento de ayudar a nuestros hijos a que se deshagan del chupete.

A veces nos lo planteamos por la gran dependencia que algunos bebés tienen hacia este objeto, otras veces por que creemos que está resultando un obstáculo para el desarrollo del habla, y en otras ocasiones para evitar posibles problemas con la dentición.

Bueno, yo tengo mi particular visión sobre este asunto porque en casa tengo un niño que nunca quiso chupete pero que a los 6 meses comenzó a succionarse el dedo y a día de hoy sigue con ello cuando necesita relajarse y tengo otro niño que utilizó el chupete y que yo se lo quité un par de meses antes de que cumpliera tres años.

Me gustaría explicarte mi experiencia en los dos casos, puesto que sobre uno de ellos no tengo control (no puedo quitarle el dedo y no me parece respetuoso utilizar todo tipo de productos para  embadurnar su dedo y que tenga mal gusto) y sobre el otro sí lo tenía y lo utilicé.

Lo primero de todo me gustaría partir de la base de que el chupete es un elemento artificial, que el bebé coger por sí sólo así que cuando llegué el día en que queramos quitárselo debemos recordar que quién se lo dimos fuimos nosotros. El o ella no se fue a la farmacia a comprarse un chupete, fuimos nosotros quiénes le ofrecimos ese instrumento cómo método para relajarse y calmarse. Y no digo que esté mal, pero recordar que nosotros los metimos en esto nos resultará útil para no desesperarnos con el niño ni acusarle de estar enganchado al chupete.

Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

No juzgo el hecho de dárselo o no dárselo,

creo que no deberíamos dárselo por sistema nada más nacer cada vez que el bebé llora si no que podríamos observar y conocer primero a nuestro bebé un poquito, intentar calmarlo con calor corporal, con contacto físico, con el latido de nuestro corazón, y permitir que llore en nuestros brazos y con nuestro apoyo en lugar de precipitarnos a intentar “silenciar” el llanto.

Estoy convencida que si nos sentimos seguras de nosotras mismas, si los papás se sienten seguros de sí mismos, si confiamos todos en que somos los mejores padres del mundo para nuestros hijos, nuestros bebés se calmarían enseguida con tan sólo nuestro contacto y no necesitarían chupete. Pero lo más habitual es que estemos hechos un manojo de nervios esos primeros días y no logremos transmitir la calma necesaria a nuestro bebé, por eso, es muy humano que finalmente decidamos utilizar objetos de consuelo para nuestros peques.

Bueno, el caso es que yo les dí chupete por inercia a mis peques desde el primer día (aunque el mayor lo escupía). Así que pasados los años llegó el momento de ayudar a mi peque a desapegarse de ese objeto que tanto le gustaba, porque a pesar de saber que fui yo quién se lo doy, también sabía que tenía que ser yo quién le ayudase a abandonarlo. Así que esto fue lo que hice:

Comencé a hablar sobre dejar de utilizar el chupete unos cuantos meses antes de que finalmente lo dejara; no exagero si la primera vez que se lo expliqué fueron unos 3 o 4 meses antes…jejejejeje.

Cuando encontraba un buen momento le hablaba de que íbamos a dejar de utilizar el chupete, que habría un día que ya no lo utilizará, y que le diríamos adiós.

Entonces, pasado un mes y medio o así comencé a decirle con más frecuencia que iba a dejar el chupete y que necesitábamos encontrar la manera de hacerlo. Le pedía que me diera ideas, que me dijese qué quería hacer con el chupete. Él a veces estaba más por la labor y otras veces menos, y proponía cosas pero sin demasiado entusiasmo. Pasaron algunas semanas más manteniendo estas mini conversaciones, y entonces hubo un día que le propuse cambiar el chupete por algo que le gustase más, algo que si quería podíamos ir a comprar juntos. Primero estuvo mirando por casa entre sus peluches y juguetitos pero nada le convencía, así que al día siguiente nos fuimos a una tienda a mirar cosas (le recordé que íbamos por el chupete y volvimos a tener la conversación).

Y una vez allí él encontró su compañera ideal: “A Dora la exploradora” y quiso comprarla y volvimos a hablar sobre que dejaría el chupete.

Por la noche, al llegar la hora de dormir él estaba supercontento con su muñeca y entonces afrontamos de lleno el tema del chupete.

Él estaba completamente de acuerdo en no utilizar más el chupete y yo le pedí que me dijera que quería hacer con él. Con su lengua de trapo me dijo que quería hacerlo lo mismo que al chupete de su primito (su primito dormía con un chupete que ya no tenía tetina porque se había roto y su madre se la cortó porque no quería ningún otro chupete del mundo así que el pequeño dormía desde el año y medio con ese chupete sin tetina cogiéndolo con la mano). Así que mi hijo quería cortarle la tetina a su chupete y luego dormir con él en la mano.

¿Estás seguro? Le pregunté y le repetí lo que yo había entendido para que asegurarme de que era eso. Así que fui a por las tijeras y delante de él cogí el chupete, le pregunté si le cortaba la tetina, le pregunté si “por aquí” (con la tijera abierta y la tetina del chupete en medio) y el dijo “sí”. Y la corté. Me costó más a mi que a él. No las tenía todas conmigo pero sabía que una vez tomada una decisión lo mejor era afrontarla y no volver atrás, así que no tener el chupete en casa iba a ser lo mejor si por la noche el peque lloraba y yo tenía la tentación de devolverle el chupete. Así que juntos fuimos a la basura y tiramos la tetina, y dejamos el resto del chupete en su cama y nos preparamos para dormir.

Estaba muy contento, cogió su dora, cogió su chupete sin tetina y lo mantuvo en la mano, me dio las buenas noches y….hasta la mañana siguiente. Sin una lágrima, sin un despertar, sin un recuerdo de su chupete….lo cierto es que me quedé sorprendida aunque pensándolo fríamente, creo que llevaba tanto tiempo contándole que iba a dejar de utilizar el chupete ¡que ya lo tenía super asimilado! Jajajajaja.

Y así fue cómo afronté la retirada del chupete.

Con mucha paciencia, poniendo en sus manos la decisión final de qué hacer con el juguete, buscando alternativas hasta encontrar aquella que más le motivaba, sin olvidarme que era pequeño y que debía ayudar a su memoria a recordar nuestra conversación y planificándolo con mucho tiempo.  También he de decir que no le repetía el rollo todos los día ni siquiera todas las semanas, que esos 4 meses en que lo estuvimos trabajando se lo iba diciendo de vez en cuando sin presión y sin utilizar un tono acusador o burlón. Sólo las dos últimas semanas fueron las que más veces hablamos del tema y especialmente los últimos 3 días antes de la noche en que decidió dejarlo. Y yo no decidí que noche tenía que ser, esperé a encontrar el momento ideal y en que lo vi más receptivo para aprovechar la ocasión.

Y bueno, lo que después ocurrió fue que al cabo de unos días no se acordaba de coger el chupete para tenerlo en la mano y dormir con él, y que la muñeca dora y las ganas que tenía de dormir con ella le duró poco más de una semana porque enseguida quiso volver a coger su osito de peluche preferido.

Quería hablarte sobre cómo afronto el tema con el mayor, que succiona su dedo pulgar, pero me he alargado mucho en este artículo y si te parece vamos a dejarlo para el próximo día.

¿Me cuentas cual es tu experiencia con los chupetes? ¡Me encanta leer tus comentarios!

Nuria Ortega

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