Disciplina Positiva España
Educar con Cariño y Firmeza a la vez. Relaciones basadas en el respeto mutuo
venganza

El dolor. El desequilibrio emocional es una de las sensaciones más incapacitantes que existen.
Todo se percibe desde la ofensa, el ataque y la sensación de victimismo…y a nadie le gusta ser víctima.
Perder. Sentirse vulnerable. Menos que… VENGANZA

Hemos sido educados en una sociedad en la que no se concibe la posibilidad mirar más allá del individualismo más destructivo: para poder ganar, los demás han de perder. Caiga quien caiga.

Y es tremendamente humano.

Por eso es fundamental ayudar a nuestros hijos a saber expresar su dolor o malestar de una forma respetuosa consigo mismos y los demás, sin buscar venganza, sin perseguir hacer sentir su dolor a los que les rodean.
Porque eso es lo que hacemos constantemente.

Yo estoy mal: los demás vais a saber lo que se siente, o al menos , a los que tenga la capacidad de dañar, es decir, A LOS MÁS CERCANOS E IMPLICADOS CONMIGO.

Empezar por nosotros sería una fantástica opción. ¿En cuántas situaciones nos tomamos todo “a lo personal”? ¿Cuántas veces a lo largo de la vida no somos capaces de ver el problema sin buscar antes de nada, un culpable? ¿Cuántas veces somos jueces y verdugos?

Vengarnos de un dolor propio dañando a los demás es la forma menos eficaz de conseguir ayuda y apoyo, que es exactamente lo que estamos necesitando en esos momentos. VENGANZA

Pero es el único recurso que tenemos si desde que aprendemos a vivir nos enseñan que hay que “pagar por” (castigar) los errores, en vez de solucionarlos. Es lo primero que nos domina si responsabilizamos a los demás de nuestras emociones siento dependientes (locus de control externo) de apegos limitadores.

Intentemos detectar el dolor como una señal positiva de cambio, de movimiento necesario. Agradezcamos las situaciones que nos ofrecen la posibilidad de avanzar a través de ese dolor, en lugar de querer “salpicar” a los demás con el. Como mucho compartamos nuestras emociones con los que sabemos que pueden comprendernos.

“No estoy bien” “Todo me molesta, todo me hiere” Esa sensación, tan lícita y tan común en determinados momentos de nuestras vidas y de las de nuestros hijos, es útil si nos impulsa a salir de ese momento reflexionando y aprendiendo de esa experiencia.

Si nos incita a empujar a los demás a “nuestro pozo” es que no hemos entendido que esa TRISTEZA es nuestra, necesaria y tremendamente poderosa si la utilizamos para “limpiar” y crecer. VENGANZA

Si somos capaces de escuchar un “Mamá, Papá, estoy dolid@, ayudadme” en vez de un “¡Os odio!”…La relación con nuestros hijos seria mucho más cercana y enriquecedora. Si cada vez que nos hacen “sentir mal” con sus conductas detectamos que están intentando conectarse con nosotros a través del dolor, estaremos forjando una relación indestructible.

“APRENDE A PERCIBIR UN ATAQUE COMO UNA PETICIÓN DE AMOR”

María Soto

venganza

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SON SUS OBLIGACIONES, ES SU RESPONSABILIDAD

Aún impera la idea de que para conseguir que un niño/a haga algo se le debe de imponer, se le debe de exigir algo por que es lo que le toca. Cambia de enfoque, ofrece a tu hijo/a o a tu alumno/a la posibilidad de aprender habilidades, no le impongas lo que debe hacer porque “son sus obligaciones”, porque “es su responsabilidad”.

Escucho muchas veces el típico sermón: “Igual que yo tengo que ir a trabajar y no me apetece nada, tú debes ir al colegio”, o “ igual que yo vengo al colegio a trabajar tu responsabilidad es hacer los deberes”. Creemos que haciendo esto estamos siendo firmes, e imponiendo un límite coherente, pero ¿Estamos consiguiendo algo además de frustrar, enfadar y negarse a trabajar al niño?.

Párate a pensar en ello, si a ti te lo dijeran ¿tu opinión sería…  

qué estupendo es mi profesor que me hace ver con claridad mis responsabilidades, ahora mismo me pongo a trabajar con ilusión”?

SON SUS OBLIGACIONES, ES SU RESPONSABILIDAD

SON SUS OBLIGACIONES, ES SU RESPONSABILIDAD

Claro que hay aprendizajes que el niño tiene que aprender: el esfuerzo, la responsabilidad, los compromisos, los deberes como personas… pero si yo lo impongo no estoy consiguiendo una aprendizaje de ello, no te engañes, lo que quieres conseguir lo pierdes con estos métodos.

No es ser permisivo buscar otras estrategias donde nadie pierda, donde tanto tú como el alumno/a podáis trabajar mediante estrategias colaborativas, asertivas y empáticas.

Veamos algunas:

  • Empatiza con su situación y emociones: “entiendo que no te apetezca nada hacer los problemas de cálculo mental”
  • Ofrece opciones limitadas: “hay estos dos ejercicios que deberíamos practicar, escoge cual de los dos hacemos hoy.
  • Llega a acuerdos, negocia: “Esta ficha se tiene que entregar esta semana, ¿qué idea tienes para entregarla a tiempo?. Esta semana veremos como solucionar problemas de áreas y perímetros, ¿cuántos ejercicios creéis que serían los adecuados para practicarlo durante esta semana?”
  • Realiza preguntas, no impongas: “¿Cómo podemos hacer para practicar estos ejercicios de regla de tres, qué idea tenéis?”
  • Escucha sus razones, no des cosas por sentado: “¿Qué está ocurriendo para que no realices la tarea: no la entiendes, no te apetece, lo ves difícil?”
  • Busca soluciones:  “Observo que no traes la tarea hecha y te distraes, cuéntame como podemos solucionarlo, qué idea tienes para poder ponerte al día, si te parece pensamos en opciones y mañana al recreo buscamos conjuntamente soluciones”

Date cuenta de  que cuando somos firmes (sabemos lo que han de saber, qué tenemos que practicar y lo haremos) pero amables a la vez (escucho, empatizo, buscamos soluciones conjuntas…) no estamos siendo permisivos,  

sino que estamos consiguiendo fomentar la colaboración y enseñar habilidades de vida, formando seres humanos con opinión, juicio y comprometidos con lo que se acuerda.

Pero si durante este proceso me olvido de lo que yo quería obtener, pierdo mi objetivo, me dejo dominar por los demás y sus decisiones, estaré dejando de tener ambos pies en firme debilitando el proceso y el aprendizaje que quiero obtener con ello.

Practica la disciplina positiva, sé firme y amable a la vez.

Irene Iglesias Ruiz

Los tesoros de la tristeza

Los tesoros de la tristeza

Los tesoros de la tristeza

A veces me siento triste. ¿Y tú?

¿Crees que estar triste es bueno? ¿Que es malo?

¿Qué piensas de la tristeza?

La tristeza es una emoción. Sí, no digo nada nuevo.

Pero si te digo que todas las emociones están bien, entonces… ¿sentir tristeza está bien? Pues sí, está bien; y puede que eso te rechine, porque no es lo que nos han enseñado.

Sentir tristeza está bien.

¿Te estoy sugiriendo con esto que te dejes arrastrar al pozo de la amargura? ¡Pues no!

Lo que te sugiero es que la aceptes, que no la rechaces, que no luches contra ella.

Sé que esto no es lo que solemos oír. Sé que cuando estás triste, como a casi todos, lo que te dicen es:

“¡Animo, no es para tanto!”; “Anda, no llores, que no me gusta verte llorar”; “Tampoco es para ponerse así”; “Para lo que te sirve llorar…”; “Venga, no pienses mas en ello”; “No quiero verte así de triste”.

Y frases por el estilo, todas ellas con un nexo común: negar la emoción, aplastarla y hacerte parecer inadecuado por sentirla. ¡Ojo!, todas con la mejor de las intenciones, esa intención que pretende que al no mirar la emoción ¡desaparecerá! como por arte de magia.

¡Craso error!

¿Pero entonces que te propongo?

Te propongo sacarle el jugo a tu tristeza, porque hay un gran tesoro tras ella, un tesoro de incalculable valor: el medio para recuperarte y reflexionar.

Cuando estamos tristes nuestra energía baja y se queda bajo mínimos. No nos apetece hacer nada y parece como si todo lo externo a nosotros perdiera brillo y pasase a un segundo (o tercer) plano. Estamos totalmente “encuevados” en nuestro interior.

Entonces podemos hacer varias cosas:

  • Negarlo y tratar de seguir como si nada. La consecuencia es una pérdida de brillo general en nuestra forma de mirar la vida.
  • Dejarnos arrastrar por ella alimentándola con pensamientos negativos.
  • Aceptarla y acogerla.

Habrás adivinado ya que las dos primeras, a pesar de que suelen ser las que escogemos… no son las más adecuadas. Aceptarla y acogerla es una forma de gestionar la tristeza emocionalmente inteligente.

 

¿Cómo aceptamos y acogemos a la tristeza?

  • Llámala por su nombre, dilo en voz alta o en tu mente, no importa: “Estoy triste”

  • Acéptalo entendiendo que todos la sentimos y que no es nada malo, no eres defectuoso por sentirte así: “Estoy triste y está bien”

  • Acógela escuchando su mensaje

    . La tristeza te pide que descanses, que dediques tiempo para estar contigo, para llorar tu pena (sea la que sea), para sanar tus heridas con compasión y amabilidad, para actuar contigo como lo haría un amigo de esos que valen oro (de los que escuchan sin juzgar y te ofrecen un abrazo)

 Llorar es bueno, llorar ayuda a digerir la tristeza y a descargar la pena.

  • Reflexiona sobre los cambios que necesitas

    para mejorar aquello que haya provocado tu tristeza, pero espera un poco a ponerlos en práctica. Sabrás que ha llegado el momento de hacerlo cuando la luz vuelva a salir a través de tu corazón, cuando hayas soltado esa pena, cuando sientas que la energía vuelve poco a poco.

 ¿Y si es el niño el que está triste?

  • Consuélale sin juzgarle.

  •  Escúchale con atención plena y comprensión, 
  • No trates de solucionárselo todo tú.
  •  Abrázale sin más.
  • A veces solo hace falta esto para reconfortar al otro.
  •  Ponte en su lugar, empatiza con él.
  • Es probable que tú también te sintieses así si estuvieses en su piel y situación. Házselo saber.
  •  Explícale qué es la tristeza, cuéntale cuáles son sus tesoros; ¡ahora ya los conoces!
  • Y puedes leerle el cuento de Dopi y el baúl de la tristeza 😉
  •  Ten la paciencia necesaria para dejar que sane su corazoncito herido, no le metas prisa.
  • Estate dispuesto para consolar, abrazar y escuchar, para ayudarle a buscar soluciones haciéndole preguntas que le lleven a sus propias conclusiones o ofreciéndole varias alternativas si no se le ocurre nada.

Ana Isabel Fraga

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Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

Muchos pasamos por esta fase en la que nos planteamos que ya ha llegado el momento de ayudar a nuestros hijos a que se deshagan del chupete.

A veces nos lo planteamos por la gran dependencia que algunos bebés tienen hacia este objeto, otras veces por que creemos que está resultando un obstáculo para el desarrollo del habla, y en otras ocasiones para evitar posibles problemas con la dentición.

Bueno, yo tengo mi particular visión sobre este asunto porque en casa tengo un niño que nunca quiso chupete pero que a los 6 meses comenzó a succionarse el dedo y a día de hoy sigue con ello cuando necesita relajarse y tengo otro niño que utilizó el chupete y que yo se lo quité un par de meses antes de que cumpliera tres años.

Me gustaría explicarte mi experiencia en los dos casos, puesto que sobre uno de ellos no tengo control (no puedo quitarle el dedo y no me parece respetuoso utilizar todo tipo de productos para  embadurnar su dedo y que tenga mal gusto) y sobre el otro sí lo tenía y lo utilicé.

Lo primero de todo me gustaría partir de la base de que el chupete es un elemento artificial, que el bebé coger por sí sólo así que cuando llegué el día en que queramos quitárselo debemos recordar que quién se lo dimos fuimos nosotros. El o ella no se fue a la farmacia a comprarse un chupete, fuimos nosotros quiénes le ofrecimos ese instrumento cómo método para relajarse y calmarse. Y no digo que esté mal, pero recordar que nosotros los metimos en esto nos resultará útil para no desesperarnos con el niño ni acusarle de estar enganchado al chupete.

Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

Si estás pensando en quitarle el chupete a tu peque quizás te ayude leer mi experiencia.

No juzgo el hecho de dárselo o no dárselo,

creo que no deberíamos dárselo por sistema nada más nacer cada vez que el bebé llora si no que podríamos observar y conocer primero a nuestro bebé un poquito, intentar calmarlo con calor corporal, con contacto físico, con el latido de nuestro corazón, y permitir que llore en nuestros brazos y con nuestro apoyo en lugar de precipitarnos a intentar “silenciar” el llanto.

Estoy convencida que si nos sentimos seguras de nosotras mismas, si los papás se sienten seguros de sí mismos, si confiamos todos en que somos los mejores padres del mundo para nuestros hijos, nuestros bebés se calmarían enseguida con tan sólo nuestro contacto y no necesitarían chupete. Pero lo más habitual es que estemos hechos un manojo de nervios esos primeros días y no logremos transmitir la calma necesaria a nuestro bebé, por eso, es muy humano que finalmente decidamos utilizar objetos de consuelo para nuestros peques.

Bueno, el caso es que yo les dí chupete por inercia a mis peques desde el primer día (aunque el mayor lo escupía). Así que pasados los años llegó el momento de ayudar a mi peque a desapegarse de ese objeto que tanto le gustaba, porque a pesar de saber que fui yo quién se lo doy, también sabía que tenía que ser yo quién le ayudase a abandonarlo. Así que esto fue lo que hice:

Comencé a hablar sobre dejar de utilizar el chupete unos cuantos meses antes de que finalmente lo dejara; no exagero si la primera vez que se lo expliqué fueron unos 3 o 4 meses antes…jejejejeje.

Cuando encontraba un buen momento le hablaba de que íbamos a dejar de utilizar el chupete, que habría un día que ya no lo utilizará, y que le diríamos adiós.

Entonces, pasado un mes y medio o así comencé a decirle con más frecuencia que iba a dejar el chupete y que necesitábamos encontrar la manera de hacerlo. Le pedía que me diera ideas, que me dijese qué quería hacer con el chupete. Él a veces estaba más por la labor y otras veces menos, y proponía cosas pero sin demasiado entusiasmo. Pasaron algunas semanas más manteniendo estas mini conversaciones, y entonces hubo un día que le propuse cambiar el chupete por algo que le gustase más, algo que si quería podíamos ir a comprar juntos. Primero estuvo mirando por casa entre sus peluches y juguetitos pero nada le convencía, así que al día siguiente nos fuimos a una tienda a mirar cosas (le recordé que íbamos por el chupete y volvimos a tener la conversación).

Y una vez allí él encontró su compañera ideal: “A Dora la exploradora” y quiso comprarla y volvimos a hablar sobre que dejaría el chupete.

Por la noche, al llegar la hora de dormir él estaba supercontento con su muñeca y entonces afrontamos de lleno el tema del chupete.

Él estaba completamente de acuerdo en no utilizar más el chupete y yo le pedí que me dijera que quería hacer con él. Con su lengua de trapo me dijo que quería hacerlo lo mismo que al chupete de su primito (su primito dormía con un chupete que ya no tenía tetina porque se había roto y su madre se la cortó porque no quería ningún otro chupete del mundo así que el pequeño dormía desde el año y medio con ese chupete sin tetina cogiéndolo con la mano). Así que mi hijo quería cortarle la tetina a su chupete y luego dormir con él en la mano.

¿Estás seguro? Le pregunté y le repetí lo que yo había entendido para que asegurarme de que era eso. Así que fui a por las tijeras y delante de él cogí el chupete, le pregunté si le cortaba la tetina, le pregunté si “por aquí” (con la tijera abierta y la tetina del chupete en medio) y el dijo “sí”. Y la corté. Me costó más a mi que a él. No las tenía todas conmigo pero sabía que una vez tomada una decisión lo mejor era afrontarla y no volver atrás, así que no tener el chupete en casa iba a ser lo mejor si por la noche el peque lloraba y yo tenía la tentación de devolverle el chupete. Así que juntos fuimos a la basura y tiramos la tetina, y dejamos el resto del chupete en su cama y nos preparamos para dormir.

Estaba muy contento, cogió su dora, cogió su chupete sin tetina y lo mantuvo en la mano, me dio las buenas noches y….hasta la mañana siguiente. Sin una lágrima, sin un despertar, sin un recuerdo de su chupete….lo cierto es que me quedé sorprendida aunque pensándolo fríamente, creo que llevaba tanto tiempo contándole que iba a dejar de utilizar el chupete ¡que ya lo tenía super asimilado! Jajajajaja.

Y así fue cómo afronté la retirada del chupete.

Con mucha paciencia, poniendo en sus manos la decisión final de qué hacer con el juguete, buscando alternativas hasta encontrar aquella que más le motivaba, sin olvidarme que era pequeño y que debía ayudar a su memoria a recordar nuestra conversación y planificándolo con mucho tiempo.  También he de decir que no le repetía el rollo todos los día ni siquiera todas las semanas, que esos 4 meses en que lo estuvimos trabajando se lo iba diciendo de vez en cuando sin presión y sin utilizar un tono acusador o burlón. Sólo las dos últimas semanas fueron las que más veces hablamos del tema y especialmente los últimos 3 días antes de la noche en que decidió dejarlo. Y yo no decidí que noche tenía que ser, esperé a encontrar el momento ideal y en que lo vi más receptivo para aprovechar la ocasión.

Y bueno, lo que después ocurrió fue que al cabo de unos días no se acordaba de coger el chupete para tenerlo en la mano y dormir con él, y que la muñeca dora y las ganas que tenía de dormir con ella le duró poco más de una semana porque enseguida quiso volver a coger su osito de peluche preferido.

Quería hablarte sobre cómo afronto el tema con el mayor, que succiona su dedo pulgar, pero me he alargado mucho en este artículo y si te parece vamos a dejarlo para el próximo día.

¿Me cuentas cual es tu experiencia con los chupetes? ¡Me encanta leer tus comentarios!

Nuria Ortega

http://www.educarparaelfuturo.com

¿Qué hacer si tu hijo se desborda emocionalmente?

Hace unas semanas te hablé de cómo llevar la calma a tu día a día, te mostré algunas pautas para que fueras consciente de cómo observar, parar y respirar, antes de responder a tus hijos y hoy mi propuesta es dar un paso más, mostrarte cómo aprender a gestionar las emociones de tus pequeños.

Insisto en que el primer paso está en nosotras, si tu hijo está invadido por la ira, rabia, tristeza, frustración… y tú vas como una mona el cómo termine la escena es fácil de imaginar, todos revueltos y con un final desagradable para todas las partes, ellos se sentirán mal y no aprenderán nada acerca de esa emoción  y tú al dejarte llevar sin más, puede que luego te sientas culpable por haber reaccionado de una manera poco equilibrada.

Mi primera invitación es que te quites la culpa de encima, somos humanas.

En más de una ocasión no lo harás como te hubiera gustado, pero para eso están los errores, para tomar consciencia y aprender a hacerlo de otra manera, además de la oportunidad de mostrarle a tu hijo que tú, al igual que él, también te equivocas y pides disculpas.

Decirte que,  aun tomando consciencia,  habrá días y días, pero si vas incorporando estos hábitos llegará un momento en el que los sigas de manera automática y cuando tu hijo esté ante una emoción desbordada sabrás encauzar ese momento con firmeza, amabilidad y respeto.

Voy al tema en cuestión: ¿Qué hacer en el momento cumbre de la emoción?

¿Qué hacer si tu hijo se desborda emocionalmente?

¿Qué hacer si tu hijo se desborda emocionalmente?

Después de haber parado tú, observarte a ti, a la situación, respirar profundo y repetirte  una y otra vez mentalmente: “Es solo un niño y esta situación pasará”, mis sugerencias son:

  • Conecta con tu hijo, ponte de rodillas por debajo de sus ojos, mantén una posición calmada, receptiva y, si se deja, tócale, acaríciale, dale un fuerte abrazo.

Es posible que no te deje abrazarle, en ese caso, deja que suelte toda la tensión y pasado un rato vuelve a intentarlo.

  • Valida su emoción diciéndole: “Comprendo cómo te sientes”.

Aunque no te guste el comportamiento de ese momento, acepta sus sentimientos. Hay un motivo, aunque tú no lo entiendas, por lo que se ha desbordado emocionalmente.

  • Reconoce e identifica su emoción: “ Te veo muy enfadado ( triste o lo que sea )“.
Deja las etiquetas de lado y no te dejes contagiar por su emoción.
  • Habla menos y Escucha más, no le sermonees, déjale que te cuente lo sucedido,  si es que te dice algo al respecto y busca las emociones que te está comunicando e intenta entenderle.

Mi entrenadora me decía ante la duda cállate, un buen consejo que hoy también os brindo ;).

  • Aborda la conducta diciéndole: “Pegar, morder, duele”, “Gritar aquí así molesta”, “Tienes mucha fuerza y así haces daño”.

Se trata de describir la consecuencia de su comportamiento, sin entrar a juzgarlo.

  • Propón alternativas: “Si necesitas morder puedes hacerlo en este mordedor” (en la etapa oral necesitan soltar su tensión en la boca y es muy frecuente que utilicen la boca para expresar sus emociones). Puedes decirle: “Esto no me gusta, trátame bien”, “los brazos y las manos también sirven para dar abrazos y caricias, mira prueba”.

Cuando son más mayores, a partir de los tres años, puedes preguntarle: “¿Puedes decírmelo de otra forma?”.  A veces  no saben transmitir lo que sienten y lo hacen pegando, gritando, mordiendo, si no te contestan prueba a ponerle tú palabras para así mostrarle que hay otras maneras. “Puedes decírmelo con un tono más bajito”, “prueba a decírmelo tratándome bien”, “¿puede que quieras ese juguete que te han quitado?”…

  • Establece normas y límites claros: “Nosotros no permitirnos hacernos daño” “Nosotros nos respetamos y nos tratamos bien. Estas normas también son para los adultos, ojo!.

Si sigue gritando, mordiendo, pegando, te puedes alejar  y quedándote en la misma habitación decirle: “cuando estés preparado para tratarme bien avísame” y cuando te avise te acercas, le abrazas y cambias de tercio.

  • Cambia de actividad, utilizar el humor o empezar con un juego le ayudará a salir de la emoción y volver a sentirse conectado contigo.
  • Crea una zona de Tiempo Fuera Positivo junto con tu hijo (herramienta de Disciplina Positiva) :

Decorad un espacio de la casa con cosas que puedan ayudar a calmaros, tu pequeño puede participar eligiendo qué juguetes quiere que estén en ese espacio, dile que tienen que ser aquellos que le transmitan calma. Pueden ser peluches suaves, cojines, cuentos, pelotas blanditas, papeles para romper o tirar a una papelera.

Cuando ya tengáis decorada esa zona cuéntale a tu hijo que, a partir de ese momento, cuando necesite sentirse mejor, tendrá la posibilidad de ir libremente a ese lugar de la casa. Es una opción, no una obligación(nada que ver con el rincón de pensar o el: “vete a tu cuarto castigado”) siempre se le pregunta si quiere ir y puede ir sólo o contigo, acompañarle al principio es una buena opción para que se sienta respaldado por ti.

Es importante que esa zona de  tiempo fuera positivo pueda ser para los adultos también, es fundamental ser ejemplo para nuestros niños y mostrarles que cuando nosotros estamos desbordados emocionalmente también usamos ese u otro espacio, para calmarnos.

Una vez pasado el temporal y ambos estéis tranquilos y receptivos puedes trabajar con él qué cosas podéis hacer para buscar soluciones.

Como todo aprendizaje requiere entrenamiento así que paciencia y constancia.

Te animo a que lo interiorices, lo pruebes y vayas convirtiendo estas pautas en tus nuevos hábitos y me cuentes qué cambios se dan en tu hogar.

Patricia Coach

Asesoramiento en la Maternidad

Educar es siempre un reto…hablar sobre educación es mucho más fácil.

Pero lo que se necesita para educar no es tanto “conocer teorías” sino “saber aplicarlas”.

Porque además no es lo mismo saber qué es lo correcto que “sentir” lo correcto. Y es el sentimiento correcto el que nos guiará a una educación eficiente. No se trata de aprender a fingir “tranquilidad” sino saber interpretar las situaciones de manera apropiada y que esto nos permita mantener la calma y el auto-control. HABLEMOS de EDUCACIÓN

Es decir, las teorías hay que tenerlas interiorizadas y meditadas para aplicarlas eficientemente, para ser coherentes y encontrarnos seguros y saber qué hacer ante las eventualidades que sin ninguna duda van a surgir.

El niño rara vez se va a quedar sin palabras o sin recursos para seguir defendiendo su postura, esa que precisamente nosotros queremos modificar. En creatividad e ingenio nuestros niños van sobrados así como en audacia y determinación. Y tener capacidad de maniobra y confianza y seguridad en uno mismo como educador pasa también por conocer nuestros límites y nuestras dificultades y que “ni lo sabemos todo” ni la teoría que aplicamos “es la fórmula mágica que de un plumazo soluciona todos mis problemas”. Esto es poco realista y una cosa es tener fe en que lo lograremos y otra contar con que ya lo hemos logrado con haber aprendido la teoría.

Aplicar la teoría, la práctica de esos principios educativos requiere adquirir habilidades y aprender el manejo de esas nuevas herramientas se logra practicando…y cometiendo errores que nos ayudarán a aprender. Cada vez que he me doy cuenta de que he cometido un error es porque ya sé “qué hay que hacer”, aunque sin pretenderlo he vuelto a poner en marcha mecanismos automáticos que han guiado mi conducta como educador desde hace mucho tiempo. “Desaprender” estas costumbres que  en gran medida están automatizadas requiere también un proceso. Darse cuenta de que he cometido un error, ya es un avance que no puedo vivir como un fracaso, sino como un logro aunque sea parcial.

Vamos a ver un pequeño ejemplo:HABLEMOS de EDUCACIÓN

Mi hijo de 10 años sabe que hay que llevar el casco cuando montamos en bicicleta, pero no le gusta y se niega a ponérselo. Este tema se convierte en un enfrentamiento. No podemos saber qué pasa exactamente por su cabeza…pero podemos hacernos una idea y sobre ella podemos apoyarnos a la hora de decidir cuál será nuestra forma de actuar, nuestra forma de educar, nuestra forma de enseñarle. Funcionará mejor o peor y esto también habremos de observarlo y seguir sacando conclusiones y buscando caminos, soluciones y mejores vías educativas.

Algunas pistas en esta pequeña simulación del proceso del padre en su intento educativo:

Reflexiones del padre que aplica aquellos principios sobre el funcionamiento de la psicología infantil en los que cree:

-Cuando un niño me reta…

lo correcto es mantener la calma y no tomárselo como algo personal.

El niño está aprendiendo, está formándose y no sabemos por qué, pero ha llegado a la conclusión de que lo que merece la pena en la vida es imponerse, y en este momento salir victorioso de un pulso de poder que mantiene contigo, porque tú eres sencillamente un adulto con el que se relaciona, o su padre, o su profesor y contigo está ensayando sus habilidades y su fuerza.

Ese hecho no vas a poder cambiarlo en un segundo, le digas lo que le digas, hagas lo que hagas. Puedes coartar su conducta, evitarla…pero el niño seguirá en su error: en la vida lo que importa, y por lo que hay que luchar es por lograr ocupar una posición en la que nadie nos diga lo que hacer ni nos prohiba nada y a poder ser nosotros hemos de mandar e imponernos sobre el resto.

-Cuando nos sentimos atacados, retados, cuestionados en nuestro rol de adultos que han de ser respetados y en cierto modo obedecidos incondicionalmente…

ese sentimiento es lo que nos conduce hacia actitudes de enfrentamiento contra el menor y sin darnos cuenta lucharemos por nuestra hegemonía. Nuestra actitud está reforzando lo que él piensa: es lo que merece la pena en la vida, imponerse sobre los demás por la fuerza, la autoridad o la posición social. Él, consciente de que todavía es un niño y por lo tanto se espera de él que permanezca “abajo”, luchará instintivamente por superar su situación y “prosperar” todo lo posible y subir en el escalafón. Subir todo lo que se pueda…por eso nos medirá constantemente, en un intento de alcanzar “respeto” y “posición”.

-Haciendo valer tu posición y autoridad sobre él, tal vez logres imponerte y reprimir su conducta…

pero no hemos logrado hacerle cambiar su visión sobre lo que es la vida, y sobre cómo se comporta un ser humano que merezca la pena, una persona que sepa ser uno más entre los otros, que respeta y coopera por el bien de todos y esto construye en él un sentimiento de valía y de conexión consigo mismo y con los que forman parte de su grupo (familia, amigos, compañeros de clase, etc). En resumen  imponiéndonos estamos intentando modificar una conducta pero no estamos poniendo el foco en la implementación de valores, que tal vez defendemos teóricamente…pero no siempre los hacemos evidentes para el niño en la práctica, no en nuestras formas educativas, no en lo que implícitamente defendemos con nuestra forma de reaccionar.

-No entrar en luchas de poder…

sería más efectivo a la hora de educarle y modificar su conducta a largo plazo basándonos en que el niño adquiera una forma “moral” de comportamiento, en un proceso gradual que no se improvisa de la noche a la mañana cuando cumple 18 años.

El padre podría decidir que hablará con el niño en estos términos:

_”He visto que te niegas a hacer lo que te digo…y hasta parece que te ofende que te diga lo que tienes que hacer. ¿Estoy en lo cierto?. Yo siento que soy responsable de tu seguridad…en parte al menos, porque todavía tienes 10 años y tal vez no tengas ganas de ponerte el casco…pero es importante que si te caes no te dañes la cabeza. Y aunque ni quiero molestarte, ni disgustarte…no tengo otra opción que no dejar que salgas con la bici si no es con casco”.

No entramos en discusiones, ni en reproches, ni en descalificaciones…no juzgamos siquiera. Aceptamos nuestra responsabilidad y ejercemos nuestra capacidad de decisión que esta conlleva. Nos mantenemos firmes pero sin mostrar enojo ni malas maneras, sin dejar de ser amables. Sin convertirnos (simular que nos convertimos) en el “ogro autoritario” que servirá al niño como modelo de muchos malos comportamientos. Al niño no le vale tanto lo que le decimos que debe hacer como lo que nosotros hacemos y él ve que “funciona”. Si nosotros mostramos que “nos salimos con la nuestra” a base de ponernos “fuertes” y “autoritarios“ el comprueba en carne propia la derrota en ese pulso de poder que él mismo nos sirve sin descanso. Él desea, siente el anhelo de vencer…y lo que le estamos mostrando son armas eficaces para lograrlo.

Si el niño en su enfado nos falta al respeto, lo comprenderemos sin sentirnos ofendidos…

pero aunque en ese momento no caeremos en esa trampa, en su provocación, en la lucha de poder que nos presenta, más adelante no dejaremos de entrar en el tema. El respeto es un tema prioritario y una falta de respeto no debiera quedar sin tratar. Pero es un asunto central que debe ser tratado con calma y en el momento adecuado en el que se cuenta con conexión entre el niño y el adulto.

Volviendo al ejemplo del niño que no quiere ponerse el casco…Sin decir nada más y con tranquilidad zanjaremos el asunto: “Sin casco no hay salida en bici”.

-Desde luego, en otro momento, cuando el niño y nosotros estemos calmados, podremos y deberíamos hablar de los malos modos, los gritos y los insultos que haya podido lanzarnos. Pero cuando ya la cuestión del casco sea “agua pasada”.

Entonces podremos hablar con el niño:

”Ayer me gritaste y me llamaste estúpido…y unas cuantas cosas más. Y la verdad es que me sentí muy mal. Estaba mamá delante y la tía y me sentí humillado. Si tienes alguna queja sobre mí, dímelo pero igual que yo no te insulto, me gustaría que tú a mí tampoco. Las personas no estamos siempre de acuerdo…pero lo hablamos sin faltarnos al respeto.….Si ahora no quieres hablarlo, no pasa nada…pero piénsalo y cuando estés preparado lo hablamos. Eres mi hijo y no quiero que estas cosas nos alejen. Creo que llevarnos bien en la familia es lo más importante para vivir contentos”.

Para hablarle a los niños y a los adolescentes y lograr hacer valer nuestras razones, no nos queda otra que entrar en profundidad en los asuntos, entrar en lo esencial y buscar las razones primeras de las cosas. Esas que muchas veces ya hemos olvidado porque las llevamos dentro desde hace tanto que damos por sentado que son evidentes y no acostumbramos a expresar en palabras.

Ahora nuestro papel de educadores nos obliga a revisar todos nuestros aprendizajes, quitarles el polvo, actualizarlos, contrastarlos con lo que hemos vivido, re-evaluarlos y ponderarlos…y así transmitirlos con claridad a nuestros niños y jóvenes como legado inmaterial para su vida.

-Los niños nos desobedecen…y muchas veces nos dejan sin argumentos, sin recursos, sin herramientas para lograr influencia sobre ellos. Convencerles implica rebuscar las razones que mantienen esas convicciones, normas y reglas que aplicamos y muchas veces re-elaborarlas porque gran parte de ellas nos han sido implícitamente transmitidas o lo que es peor nos han sido impuestas.

-Un niño de hoy en día nos lo va a cuestionar todo. No va a aceptar nada impuesto ni nuestra palabra porque sí. Hemos defendido su dignidad y sus derechos y ese ser digno, amado, y protegido dará lo mejor de sí sin duda y también plantará batalla, aportará su impronta, sus ideas y nos pondrá a prueba…lograremos salir de esta y lo educaremos y se hará una buena persona. Debemos tener confianza en nosotros mismos como educadores responsables y en el amor que hemos dado a nuestros niños y en que este, tarde o temprano, dará sus frutos. Pero siendo realistas hemos de saber no va a ser fácil, tan altas expectativas que albergamos hacia nuestros niños van a exigir de nosotros nuestros mayores esfuerzos y la mejor versión de nosotros mismos.

Educar es el arma de evolución para el adulto no en menor medida que es el motor de desarrollo para el niño.Perseguir lo mejor para los hijos nos lleva a seguir avanzando y mejorando como personas. Ser mejor padre pasa por ser mejor persona.

 

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

 

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

—¡Esto no me gusta! ¡Puaggggg! —dice Roberto, de 6 años, ante su plato de lentejas.

La mamá de Roberto ya temblaba un rato antes de servir la comida, y es que esa hora se ha convertido en un suplicio. Ahora que el niño ya ha “sentenciado” a las lentejas como totalmente indeseadas, su madre está muy tensa; se imagina el resto de la escena, y no es nada divertida 🙁

¿Cómo afrontamos las comidas difíciles?

Reacción 1:

—A ver Rober —le dice su mamá amablemente—, las lentejas son muy sanas, son necesarias… Mira que hay muchos niños pasando hambre y tú tienes la suerte de tener un buen plato de comida… Y además que sino te vas a quedar enano y los demás niños van a ser más altos que tú. 

—¡Me da igual! —grita enfadado el niño—. ¡Son asquerosas!

—¡Claro que no son asquerosas! —protesta la madre— son muy nutritivas, y te las tienes que comer.

—¡No quiero! Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

—Muy bien, pues si no te las comes no bajamos al parque y te las vas a comer para merendar. Tanto capricho no puede ser. 

—No me las voy a merendar —dice el niño llorando.

—¡Pues entonces te las cenas!

 

Reacción 2:

—Estoy un poco preocupada —dice su mamá sentándose a su lado— ¿podemos hablar de esto un momento?

—¿De qué? —pregunta el niño algo desconcertado.

—Bueno, verás… estoy preocupada porque me parece que no estás comiendo muy bien últimamente y me gustaría que encontrásemos juntos una solución.

—Sí que estoy comiendo bien —protesta Rober.

—Hummmm, ¿que pensarías si Rudolf (su perro) solo comiese dulces?

—Mamá, los dulces no son buenos para los perros, ya lo sabes.

—¿Crees que podría ponerse enfermo?

—Seguramente…

—¿Le quieres mucho verdad?

—Sí, mami, ya lo sabes. Es mi súper amigo —explica Rober con una sonrisa.

—¿Por qué crees que mamá está preocupada por tu alimentación?

Rober se queda pensativo y finalmente contesta:

—Creo que porque me quieres… 

—Es muy importante para mi que estés sano. Te quiero mucho. ¿Crees que podríamos solucionarlo de alguna forma los dos juntos? ¿Se te ocurre algo para que puedas comer cosas sanas?

—Hummmmmm, pues no sé mami. Pero… es que a veces te pones muy pesada y no me gusta. 

— Oh, ¡vaya! No me había dado cuenta de eso… ¿puedes contarme que es exactamente lo que no te gusta?

El niño la mira con firmeza.

—No me gusta que me digas todo el rato “¡venga, come!”. Me gusta cuando hablamos de otras cosas. Y no me gusta tampoco que te enfades…

—Pues tienes razón, creo que últimamente no lo he estado haciendo muy bien. ¿Me perdonas? A partir de ahora, si tú me ayudas, podemos hacer las cosas de otra forma. ¿Qué opinas?

—Sí mami, claro que te perdono. Pero no sé qué podemos hacer… es que no me gustan algunas comidas —dice poniendo cara de asco.

—Te propongo una cosa: ¿qué te parece si hacemos juntos un menú para la semana? Podemos pensar entre los dos las comidas y las cenas que haremos. Eso sí, tenemos que buscar que sean saludables. Habrá que poner un poco de todo, pero mira, se me ocurre que quizás podríamos buscar recetas juntos. A lo mejor si lo cocinamos de otra forma puede que te guste.

—Me parece bien mami. ¿Puedo ayudarte a cocinar algún día?

—¡Claro que sí!

Y Rober y su madre se sentaron esa misma tarde a debatir sobre los menús. Su mamá le orientaba sobre el tipo de alimentos que debían consumir cada día y le daba opciones.

Encontraron que las lentejas no había modo de que las aceptase (les tenía una manía horrible), pero le encantaban los garbanzos con tomate (y eso también era una legumbre). No soportaba el puré de verduras, pero la sopita hecha con el caldito de las verduras sí que le gustaba, y muchas otras ideas más que hacían que su alimentación fuese mucho más saludable.

Se dieron cuenta de que algunos alimentos los rechazaba solo por los trozos de cosas que “flotaban” y decidieron que podrían triturar algunos para que no se notasen y prescindir de otros,  Además su mamá le propuso probar un alimento nuevo cada semana que si no le gustaba podía dejar a un lado; su madre no le diría nada.

Escribieron el menú en un papel y lo pusieron en la nevera para no olvidarse.

Acordaron también que todos los meses revisarían los menús para añadir algunos de los alimentos nuevos que había probado y le habían gustado. 

Los fines de semana Rober ayudaba a su madre a cocinar algunos platos y se llegó al acuerdo de que ya no le reñirían ni atosigarían a la hora de la comida; que hablarían de cómo les fue el día o de lo que quisieran, y que si no quería comer podía levantarse, aunque la merienda no se adelantaría (pero tampoco tendría que comerse el plato que había dejado sino que sería su merienda normal)

 

Analizando la situación:

A veces, la hora de la comida se convierte en una lucha en muchos hogares. Está claro clarísimo que nuestra intención es que coman para que crezcan sanos y fuertes, porque les queremos muchísimo y queremos lo mejor para ellos. De todo esto no hay duda.

Lo que pasa es que las formas de encarar esta situación a veces no nos dan los resultados que esperamos.

En la situación 1 la madre, desesperada por los constantes problemas a la hora de la comida, pierde los nervios. Trata primero de convencerle haciéndole ver que esa comida es sana y necesaria, después pasa a intentarlo diciéndole la suerte que tiene porque no pasa hambre, y finalmente le amenaza con no ir al parque y con que además se quedará enano. Ante la respuesta negativa del niño la madre utiliza su último recurso: amenazarle con ponérselo para merendar e incluso para cenar. Todos estos recursos, a muchos, no nos sonarán lejanos, pues han sido los elementos empleados en muchísimos hogares.

Pero el problema está en que: Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

  • no son efectivos, porque el niño no quiere comer.
  • la hora de comer se convierte en un momento desagradable.
  • no enseñan habilidades, solo fomentan la lucha de poder.

En la situación 2 la madre actúa de forma muy distinta, en la que hace partícipe al niño de la posible solución al problema implicándolo y haciéndole preguntas para que él mismo llegue a la conclusión de porqué es importante para él que coma sano y  porqué es importante para su madre que coma bien. Está entrenando y aprovechando esta situación (reto) para generar habilidades de vida. Así de pronto se me ocurren todas estas:

  • Inteligencia emocional: la mamá le dice cómo se siente y lo que le gustaría, así que está modelando una forma de comunicación que expresa con sinceridad y respeto, nombrando lo que estamos sintiendo.

 

  • Enfoque en soluciones: entre ambos buscan cómo mejorar/solucionar lo que está ocurriendo, en vez de centrarse en castigar, culpar o hacer pagar por un comportamiento no deseado.

 

  • Fortalecimiento del sentimiento de pertenencia e importancia: su madre le explica con respeto lo que siente, le pide ayuda para solucionar la situación, le escucha con interés… El niño se siente tenido en cuenta, siente que forma parte de la familia y de la solución.

 

  • Capacidad para tomar decisiones: se le pide opinión con respecto a las propuestas, deciden opciones saludables para comer…

 

  • Respeto mutuo: la madre se respeta a sí misma diciendo cómo se siente, se respeta al niño pues se le habla con paciencia y calma y se cuenta con él para resolver el conflicto. No se le hace pagar al niño por no comerse la comida o porque no le guste algo en concreto, se cambia el comportamiento del “¡venga, come!” por disfrutar de la comida con una conversación interesante para ambos.

 

  • Entrenamiento en autonomía: el niño ayuda a cocinar.

 

  • Entrenamiento de algo que le cuesta mucho: probar cosas nuevas (lo harán una vez por semana, y si no lo quiere no se le harán reproches de ningún tipo). Esto abrirá la puerta con un poco de paciencia a que el niño no rechace de plano lo nuevo.

 

  • Firmeza: tiene la opción de dejar la comida, pero eso no significa que pueda merendar media hora después, sino que deberá esperar a la hora de siempre.

Mensaje enviado al niño:

“Es importante que comas bien porque eso te hará estar fuerte y sano. Es importante para mi que comas bien porque te quiero y quiero que estés fuerte y sano. Eres importante y eres parte de la solución”

Comidas difíciles con los niños: cómo afrontarlas.

Quizás sea importante también hacernos las siguientes preguntas para averiguar si realmente el problema es que el niño come mal o que nosotros estamos preocupados sin mayores motivos:

  • ¿Es posible que tu preocupación sea excesiva?
  • Si analizas y anotas día a día lo que come, ¿realmente está tan mal?
  • ¿Estás demasiado encima de los niños en este tema?
  • ¿Su peso y altura son adecuados para su edad?
  • ¿El niño está cansado, irritable, tristón… o por el contrario tiene energía y se le ve alegre?
  • ¿Crece adecuadamente?
  • ¿Qué te dice al respecto tu pediatra?

Y es que muchas veces la preocupación es excesiva y nos convertimos en “policías” de la comida, haciendo que a medio plazo se convierta en un problema.

Porque cuando los niños forman parte de la solución y toman decisiones, están mucho más dispuestos a llevarla a cabo 🙂

Ana Isabel Fraga

www.anaisabelfraga.com