Alfred Adler. Estilo de vida, sentimiento de comunidad y su incidencia en la educación.

El estilo de vida.

Cada uno de nosotros se construye a sí mismo, crea su estilo de vida. El hecho social es el caldo de cultivo de este proceso que se inicia desde el nacimiento. El movimiento crea el comportamiento, en el sentido de que un árbol no necesita decidir qué hará, porque no tiene opciones. Sin embargo en especies inteligentes, cuando el individuo tiene capacidad de elegir qué hará, la naturaleza tiene que dotar a esa criatura de una hoja de ruta, un sentido, una dirección, en definitiva, de una meta para la conducta.

 

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¿Qué nos mueve? ¿qué es lo que guía nuestro comportamiento? Podemos elegir, pero ¿qué es lo que nos hace decidirnos por una y otra opción?

Desde la infancia el individuo humano va sacando conclusiones a cada paso, con cada vivencia, sobre qué es lo que en la vida merece la pena, cómo podemos lograr la satisfacción de nuestras necesidades y la seguridad y el bienestar físico y mental. Buscamos activamente la satisfacción de necesidades y deseos. Cada conducta, cada ejercicio de nuestro “libre albedrío” esta guiado por una meta, una finalidad, es realizada porque algo necesitamos o algo deseamos, algo pretendemos conseguir.

 

Desde pequeños acumulamos experiencias y recordamos éstas y las interpretaciones que de ellas hacemos y rehacemos a cada nueva experiencia, nos vamos formando una forma de ser, un “Estilo de vida”. Dentro de mi estilo de vida está lo que pienso sobre la vida, sobre las personas, sobre mí mismo, sobre lo que deseo, mi forma de tomarme los acontecimientos, de reaccionar ante los momento difíciles, etc. etc. Podría decirse que es “mi sistema operativo” que yo mismo voy construyendo hasta quedar prácticamente establecido hacia los 5 años de edad.

A partir de ahí puede decirse que habremos automatizado tendencias a desarrollar determinadas formas de comportamiento, que sería nuestra particular forma de adaptación al ambiente. ¿Se puede cambiar el estilo de vida? La terapia psicológica puede hacerlo y otros acontecimientos, pero en principio el estilo de vida es estable, es nuestro sello, aquello que nos caracteriza. Imaginamos que el estilo de nuestra escritura puede cambiar. Si nos ponemos a ello es posible, pero es nuestra caligrafía propia y lo normal es que permanezca siéndolo a pesar de las modificaciones que poco a poco va sufriendo.

Sentimiento de comunidad y educación.

Adler es concluyente cuando afirma que el individuo que lucha por conseguir sus metas a costa de los intereses de la colectividad no logrará la salud mental, es decir, el bienestar psicológico y social. El sentimiento de comunidad nos provee de genuino interés por el bienestar de los que nos rodean. En el ámbito de la familia, el niño que no desarrolla interés por el bienestar del resto de los miembros de la familia, que no está dispuesto a cooperar y colaborar por el bien común encontrará serias dificultades para madurar y superar los retos de la vida.

Si un amor mal entendido por el niño nos lleva a mimarle en exceso, a permitirles actitudes no respetuosas y de cooperación con los otros estamos interfiriendo en la aparición del sentimiento de comunidad, del genuino interés por el otro. Vemos muchas veces cómo se pasa por alto faltas de respeto hacia otros niños, o incluso hacia los padres, o los abuelos, que no son tomadas en serio porque el niño “es pequeño”. Adler nos dice que desde el principio de la vida vamos construyendo nuestras formas de comportamiento futuras. Y las oportunidades educativas no pueden ser ignoradas sistemáticamente en espera de que el niño sea mayor, porque a los cinco años el estilo de vida está prácticamente constituido.

 

El niño mimado es un niño no educado. Llega a creer por su experiencia que todos tienen que servirle a él y que él no tiene que servir a nadie, que sus deseos han de ser satisfechos y que llorar y protestar es el medio de conseguir lo que desea.

El niño no amado desarrolla igualmente problemas con su estilo de vida ya que al no percibir la presencia de nadie junto a él, nadie con quien establecer un verdadero vínculo emocional, permanecerá ajeno a los otros y tampoco podrá generarse en él un sentimiento de comunidad.

Comparando ambos casos, Adler reconoce peor pronóstico para los niños mimados que para lo no amados. Establece que los niños no amados en el futuro pueden encontrar vínculos afectivos que le permitan reconducirse hacia el interés por los demás. No así el niño mimado que podrá ir por la vida sin valorar los afectos de los otros, sin saber entregarse ni darse cuenta de que mientras no comparta, mientras no sea uno más , ni más ni menos que otros miembros del grupo, mientras no sepa colaborar y contribuir al bien común permanecerá sin saberlo, aislado y solo.

 

Cuando se habla de nuevas generaciones y su intolerancia a la frustración, su falta de respeto, etc, no dejo de pensar que de una generación a otra se transmiten principios, y que de una madre con un deficiente sentido de comunidad es posible pensar que tenga menos habilidad para transmitírselo a su hijo, que tras el interés del niño hacia ella, no es capaz de lograr el interés del niño hacia el padre, y de éste hacia el resto de personas de su entorno. Si este trabajo de socialización básica no se logra en el ámbito familiar el niño llega a la escuela mal preparado para la tarea más importante, la socialización del niño fuera de la familia.

En el colegio tendrá que aprender a convivir, a compartir una tarea común, a colaborar, a aceptar los distintos roles dentro del grupo, a establecer relaciones con sus iguales, a hacer amigos, a jugar con los otros, a resolver los problemas que inevitablemente surgen de la convivencia. ¿Cómo podrá hacerlo si no posee ya un sentimiento de comunidad lo suficientemente desarrollado?

 

Adler opina que los maestros han de asumir que su papel implica arreglar las carencias que en la socialización presentan los niños que llegan al colegio. Enseñarles a adaptarse y a pertenecer y contribuir al grupo. Para esta labor presenta su programa para educar a los maestros.

Este escrito es un extracto comentado del libro “La psicología individual y la escuela” en la que Alfred Adler, fundador de la Psicología individual en cuyos principios educativos se basa el programa educativo conocido por Disciplina Positiva, relata su primera experiencia como formador del profesorado en un Instituto de California en 1935. En esta obra se incluyen conferencias a maestros y el contenido del curso que durante 4 semanas imparte en el instituto. Nos habla del niño difícil de educar, de su estilo de vida errado que el docente debe conocer y hacer conocer al niño, como condición previa al cambio en su conducta. Es pues, el primer taller de lo que ahora conocemos como “Disciplina Positiva en el Aula”.

 

Mª Pilar Andújar Rodríguez.

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