“QUÉ FÁCIL PARECE CUANDO TÚ LO CUENTAS”

Me gustaría reflexionar sobre un mensaje que recibo después de sesiones individuales o talleres grupales con madres, padres y docentes: “Qué fácil parece cuando tú lo cuentas Virginia”. Este mensaje me llega con una mezcla de admiración y preocupación infinitas, ya que me gusta ilustrar la parte reflexiva y teórica de las sesiones con ejemplos reales que yo vivo en mi hogar con quienes tengo de hijos.

Mantener seguridad y calma

Cuando he puesto ejemplos de situaciones con un hijo adolescente que fueron afrontadas con recursos respetuosos y que generan crecimiento personal, ha podido llegar a ser la verdadera envidia (sana) de quienes se encuentran sin herramientas más allá del grito, la amenaza, el castigo…con la terrible desconexión emocional que esto conllevan.

Al escuharme sienten que yo estoy segura y en calma ¡Eso es precisamente lo que les parece lo más complicado! ¿Es de verdad posible poder educar, acompañar, criar, cuidar seguros y en calma? Sí, cien por cien sí.

En cuanto alcanzas la integridad como adulto (lo siento, pero a la vista está que no todos la tenemos, aunque todos podemos llegar a ella), es decir, cuando todo lo que sientes, piensas, dices y haces está en armonía y equilibrio, ya puedes estar tranquilo, las amenazas externas dejan de serlo. La realidad puede ser relativizada y te sientes capaz de usar esas herramientas que tan maravillosas te parecían cuando participabas de las sesiones. Sin miedo, sin dudas, desde el amor y nada más.

Desaprender para redescubrir

Dichas herramientas no son nada nuevo,  sabéis que en los talleres nadie está inventando nada, si no que está redescubriendo todo aquello que “cae de cajón” y que, desgraciadamente, habíamos olvidado. Aquello que conocemos y que dejamos a un lado por usar lo que hemos visto o vivido: lo punitivo, lo que controla al otro y no a nosotros mismos, lo que funciona aunque no da buenos resultados, lo que aleja y duele. Ninguno de nosotros fue a talleres de padres o educadores para aprender a castigar, chantajear o ignorar y todos sabríamos hacerlo. Sé que tú, que estás leyendo esto, no lo haces y pero conoces a alguien que sí ;). Sin embargo, vamos a talleres para desaprender esto tan automatizado que nos hace sufrir a todos y redescubrir el buen humor, los acuerdos, la escucha, el tiempo de respiro ¿Quién no había oído nunca hablar de esto? ¡Nadie!, pero lo hemos dejado en el olvido y debemos rescatarlo para resetearnos y actualizarnos.

Parece fácil cuando yo lo hago, sí, siempre lo del vecino nos parece más fácil, más guapo, más “peor”… más todo. Evidentemente, yo conozco a mi hijo mejor que nadie. Con el tuyo lo tienes más fácil tú. Lo que también ocurre es que, después de un largo tiempo de entrenamiento (yo también estuve en mi “lado oscuro” como madre) ahora os cuento los resultados tras una ardua y reconfortante tarea, miga a miga, día tras día. Ahora puedo dejar que el hijo vea y sienta  que SOY (yo misma y honesta emocionalmente) y que ESTOY (en calma y disponible, que no a disposición indiscriminada), haciendo que la relación mutua se base en la confianza, escuchando hasta el final (¡qué difícil puede resultar escuchar activamente a un adolescente si no eres consciente de quién es y cuáles son sus prioridades!). No tomándome sus “destapes” como algo personal, porque no lo son, aprovechando los errores (que en esta etapa pueden ser muchos, muy gordos o muchos y muy gordos) para aprender de ellos, tanto él como yo.

Como madre debo ser consciente de que no siempre es BUEN MOMENTO para acercarse, para hablar y para preguntar. Y que todos los que serían buenos momentos para mí no tienen porqué serlo para él, aunque yo quiera. También debo entender que cuando él se acerca, cuando toma la iniciativa y viene en mi busca*, es cuando va a estar RECEPTIVO.

*(aunque sea para pedir algo, por supuesto que lo va a hacer porque eres vía posible de conseguir su propósito, y aquí puedes volver a decidir si te enfrentas a él echándole en cara o si aprovechas el acercamiento y la oportunidad de ESTAR JUNTOS).

Entonces, contando con eso, DECIDO no estropearlo con sermones, amenazas, venganza o simple sarcasmo. Ahí DECIDO usar las herramientas de respeto mutuo, las positivas, las que nos sientan bien y ayudan a hagamos las cosas bien. Ahí DECIDO disfrutar de unos minutos más en los que aún me necesita (sin perder de vista que el objetivo es que deje de necesitarme y sea plenamente capaz). DECIDO mirarle como cuando tenía 8 meses y se reía en la cuna, como cuando se soltó a caminar y entraba solo a la cocina en mi busca, como cuando me regaló la primera flor que supo arrancar, como cuando se repeinaba el primer día que iba a comer a un burguer con su pandilla… con amor y admiración, porque desde ahí puedo convivir con él, desde la máxima aceptación de que es un ser humano en su proceso personal y que todo lo que hace es algo “normal” para su edad y momento.

Por eso parece fácil desde fuera, porque desde dentro ya lo va siendo y os lo cuento desde la humanidad y el amor de una madre.

Yo desde aquí invito a revisar cómo nos miramos y escuchamos, como nos atendemos los que verdaderamente nos amamos. Será todo más fácil después también en vuestro hogar o aula.

Un abrazo desde Asturias.

 

Virginia García, Contigo Desenredo

 

 

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