La niña que no se sentía querida.

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“Había una vez una niña que no se sentía querida. Su razón le decía que todos los padres del mundo querían a sus hijos, era lo normal, pero su corazón no tenía suficiente con el cariño que recibía. Quería más, y especialmente de su mamá.
Era una niña sensible, dulce, y siempre se portaba bien. ¡Por nada del mundo quería defraudar a sus padres! pero, sobre todo, a su madre. ¿Cómo sino iba a lograr su amor? Había aprendido de sus hermanos que portarse mal no le iba a llevar a ningún lado más que a castigos y peleas interminables. Además, su mamá estaba demasiado ocupada intentado corregir las travesuras y despropósitos de sus otros 3 hijos como para que encima ella empezara a dar más problemas. Así que pensó que lo mejor era pasar desapercibida, no pedir ayuda por nada del mundo y no intentar tener ideas, para molestar lo menos posible. ¡Exacto! Pensó…si no molestaba seguro que su mama estaría muy orgullosa de ella y la querría muchísimo.
Cuando su mamá hablaba con sus amigas y le preguntaban por cómo se portaba la más pequeña de la casa ella siempre decía: “¡Muy bien! Es muy buena y saca muy buenas notas. Ella es la única que me ha salido derecha y no como los otros…”. Y aunque en el momento de escuchar eso la niña se hinchaba como un globo, enseguida esas palabras se convertían en piedras pesadas que se acumulaban en sus hombros en cambio su corazón seguía vacío de amor.
Enseguida se hizo una niña muy responsable y autónoma pero también tenía mucho miedo a equivocarse y mucha culpa cuando le ocurría alguna cosa que perturbaba la tranquilidad de su madre y le provocaba más trabajo del que tenía, incluso en cosas que escapaban totalmente al control de la niña, como ponerse enferma en mitad de la noche.

Pero había algo que la niña no lograba controlar muy a menudo y que hacía que su madre le hablara con tono severo: El llanto. Una llorona le decían que era. Y la niña no quería llorar cada dos por tres, ni por todo, como su madre le decía, y creía ciegamente a su madre cuando ésta le decía “Hija mía, que no es para tanto” pero por mucho que lo intentaba no conseguía evitar ese nudo en el estomago que en cuestión de segundos le subía por la garganta y llenaba sus ojos de lágrimas. “Definitivamente”, pensó, “algo dentro de mi debe de estar mal”.
Un día, cuando había cumplido ya 8 años, la niña se puso malita de la barriga y no lloró por encontrarse mal (como hacía siempre cuando le dolía la barriga) y le dijo a su mamá, por si acaso ella no se había dado cuenta… : “¡Has visto!¡No he llorado! Eso es porque he cumplido 8 años”. La niña pensó que eso sería cosa de la edad y que con el tiempo dejaría de llorar por todo. Así que se aferró a la esperanza, y sólo quería que el tiempo pasara muy rápido para hacerse mayor y dejar de llorar, y al fin conquistar el corazón de su mamá.

Cuando se hizo mayor, aunque los llantos eran menos y a pesar de sus esfuerzos, no logró conquistar el amor de su mamá y seguía notando su corazón vacío, así que decidió dejar de luchar contra sus lágrimas. En el colegio, con sus profesores y con sus amigos, había empezado a escuchar sobre la existencia de las emociones y recibió mucha empatía acerca de sus propias emociones, lo que le ayudó a entender que no había nada malo dentro de ella.
Al fin comprendió que el mensaje de amor no le había llegado, pero que su madre sí lo había enviado. El mensaje se perdió en el camino,…. quizá porque su mamá no sabía más sobre cómo tratar con las emociones, quizá por la alta sensibilidad de la niña y sus propias características innatas, que necesitaba que fuese tratada con más empatía, quizás por las circunstancias que rodearon su niñez y que hacía que su mamá tuviera que dividir su atención entre mil focos distintos, quizá por la infancia que había vivido su mamá y que la había convertido en una persona muy dura, quizá porque en aquella época se creía ciegamente en una educación sin empatía en pro de conseguir hijos fuertes y firmes. Quizás, quizás y quizás…….. pero el mensaje se perdió en el camino y la niña …no sentía querida”.
Esta es una historia real, la de una niña que no se sintió querida, una niña que no recibió el mensaje de amor de su madre. Una madre que por supuesto quería a su hija pero que no tuvo las herramientas suficientes para lograr transmitírselo a pesar de las circunstancias que les tocó vivir.

Este cuento hace alusión a un principio muy importante de la Disciplina Positiva: La conexión y el sentido de pertenencia. Todos los niños necesitan sentirse queridos, importantes y que tienen un lugar en la familia. Son muchas las herramientas de la disciplina positiva que podemos utilizar para reforzar el sentido de pertenencia en el niño, pero compartir tiempo con ellos dedicándoles nuestra atención más plena, es sin una de las mejores maneras de transmitirles nuestro amor.

 

Por Nuria Ortega.

Educadora de padres en Disciplina Positiva y Educadora Infantil.

1 Comentario
  1. Laura 4 años

    Me parece una enseñanza maravillosa. Me he visto reflejada en esa niña. Muchas, muchísimas gracias por vuestro trabajo. Un saludo

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