Permítele florecer…

 

Cada uno de nosotros somos como una obra de arte. Perfectos e imperfectos a partes iguales, con nuestras similitudes, pero sobre todo con nuestras singularidades y características físicas y psíquicas propias que nos diferencias de los demás y nos hacen ser tan únicos como una huella dactilar.

Si echamos la vista atrás, nos daremos cuenta de que esto ocurre desde nuestra infancia más temprana. Cada niño tiene un temperamento individual y un ritmo de desarrollo y crecimiento propio.

Sin embargo, llama la atención que, a pesar de que somos conscientes de ello, en ocasiones la paternidad y el sistema de educativo se convierten en una competición por ver qué niño dice primero “mamá”, comienza a caminar antes, es capaz de comer por sí mismo o sabe contar hasta 10…

Pero ¿Para qué comparamos a nuestros hijos o alumnos con su hermano, con el hijo de una amiga, con su compañero de clase o con el amiguito con el que juega en el parque? 

Como reza una de las pre-suposiciones de la Programación Neurolingüística: “detrás de cada comportamiento humano siempre hay una intención positiva para quien lo realiza”. La finalidad de todo padre, madre o educador no es otra que querer ofrecer todas las oportunidades y los estímulos posibles a sus hijos o alumnos con el propósito de fomentar su desarrollo y potenciar todas sus habilidades.

Lo que ocurre es que, muchas veces en nombre del amor que les tenemos, perdemos de vista la comprensión y aceptación de las características y los ritmos evolutivos propios de cada persona.

Cada niño es como una planta, distinta y única a la vez

¿A caso una orquídea, una rosa o un cactus necesitan los mismos cuidados?, ¿sobreviven y crecen en las mismas condiciones ambientales?, ¿florecen en la misma época del año?, ¿es alguna de ellas mejor que las otras?

La respuesta por supuesto que es “NO”.

 Cada planta necesita cuidados y condiciones ambientales diferentes para crecer frondosa y florecer con la belleza singular y extraordinaria que solo ella puede tener, y lo mismo ocurre con los niños.

No podemos olvidarnos de que cada etapa evolutiva conlleva unas necesidades y ritmos de aprendizaje distintos.

Es evidente que no todos los niños comienzan a hablar, a andar, a explorar o a socializarse a la misma edad, y ni falta que hace.  El hecho de que su primo, su hermano o un amigo de su misma edad ya sepa contar hasta 10 mientras que él o ella aún no lo hace, no implica que nunca vaya a ser capaz de hacerlo.

Conocer a nuestros niños es lo que realmente necesitamos para poder dejar de lado nuestros propios deseos, miedos y las expectativas que ponemos sobre ellos. Esta es la única forma de respetar sus individualidades y amarlos de forma incondicional.

Como adultos que somos debemos modelar evitando comparaciones, etiquetas y exigencias insanas que nos alejan de lo que realmente deseamos para ellos, que no es otra cosa que potenciar sus fortalezas y demostrarle nuestro apoyo sin límites. Siempre ten presente que la magia de cada persona reside en su singularidad. Ahí está la clave. Para que la sociedad se convierta en un bello jardín necesitamos permitir que cada niño florezca a su ritmo y desarrolle sus diferencias individuales.

“Las fortalezas están es nuestras diferencias y no es nuestras similitudes”

Stephen Covey

Marian Cobelas

https://larevoluciondelasmariposas.wordpre

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