POR FAVOR, DEJA DE GRITAR A TU HIJO

No creo que exista ningún padre o madre que disfrute con el grito, con la amenaza, con el castigo o con el chantaje. Por favor, deja de gritar a tu hijo.

¿Por qué es tan difícil en algunas ocasiones no dejarte arrastrar por esas reacciones que brotan desde lo más profundo de nuestras entrañas y afloran a nuestra garganta?

En muchos casos debemos nuestras reacciones a una impronta aprendida, que no es ni más ni menos que la reproducción de los patrones de comportamiento de nuestros propios padres. Es decir, cuando a nosotros nos sale el grito o el castigo ante el mal comportamiento de nuestros hijos es porque no hemos tenido la oportunidad de experimentar durante nuestra infancia otras alternativas.

“Todos los niños aprenden por ensayo y error, pero sobre todo copiando lo que ven en sus adultos de referencia”.

RECAPITULEMOS

Cuando un hijo llega a tu vida has conseguido el título de madre o padre antes de haber podido hacer la carrera. A partir de aquí comienza una larga aventura llena de aprendizaje.

Ante un niño lo que siempre nos brota de manera natural es la ternura y ganas de ser amable.

Puesto que los niños están ejercitándose en el gimnasio emocional de la vida, hay ocasiones que se extralimitan ante esa amabilidad, y entonces nuestra ternura se transforma en demostrarles que no vamos a dejarles pasar ni una, es decir, pasamos de la excesiva amabilidad a la excesiva firmeza en cuestión de segundos. En estos casos y cuando nuestra cabeza se enfría, es cuando nos damos cuenta de los efectos emocionales negativos de la excesiva firmeza y nos arrepentimos de tal forma que volvemos nuevamente a ser excesivamente amables, e incluso en algunos casos complacientes, para poder compensar esa culpa que nos pesa tanto.

¿Qué estamos haciendo en estos casos?

Imaginemos que estamos en una balanza. En estos casos que describía anteriormente, tenemos unas veces nuestros dos pies en el lado de la firmeza y en otros casos en el lado de la amabilidad. Esto desgraciadamente no es nada pedagógico, ni educativo, sencillamente confunde a los niños.

Lo idóneo es tener un pie en la amabilidad y otro en la firmeza, esto que nos parece incompatible y casi imposible, se puede conseguir gracias a un esfuerzo por nuestra parte, siendo más conscientes y buscando estrategias que respeten la naturaleza infantil, su desarrollo evolutivo, a la vez que respetas tus propias necesidades y respetas la situación que estás viviendo en ese momento.

Llegados a este punto de conciencia sobre la necesidad de trasladar a los hijos el mensaje de “entiendo que estés así y no estoy de acuerdo en tu modo de actuar”, tienes la maravillosa oportunidad de dar ejemplo de lo que quieres que se convierta en habilidades y cualidades en el futuro de tus hijos, es decir, no puedes decirles a tus hijos ¡no grites! sobrepasando tú el límite de decibelios aconsejado para una sana audición.

Entiende que cualquier conflicto o reto al que te enfrentas es una oportunidad de ser espejo de lo que quieres que tus hijos lleguen a ser en el futuro, tolerantes, empáticos, capaces de relativizar los problemas, con sentido del humor…

En los momentos difíciles es dónde realmente estás educando, no creas que el sermón o la charla moralista les va a dejar poso cuando los dos estáis enzarzados en una lucha de poder.

¿Qué opinas? ¿Te sientes identificada con este baile?

Carmen Fernández

www.padresayudandoapadres.com

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